Camelot

El hierro del Martillo. Reclutando espadas.

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El hierro del Martillo. Reclutando espadas.

Mensaje  Pallas_Atenea el Vie Jul 22, 2011 8:33 pm

Esthia salió del cuartel de la guardia. La hora de la comida sería la mejor para buscar, o eso pensaba. No llevaba el uniforme completo, con aquel calor sería insufrible, así que dejó la chaqueta en la garita. Se limpió el sudor de las manos en el pantalón y maldiciendo una vez más a la persona a la que se le había ocurrido que fuesen claros. ¿En qué cabeza cabía vestir a los soldados así? Si estaba cantado que iban a mancharse de unas cosas o de otras. Sangre, vino, sudor, polvo, mujeres... Había demasiado donde elegir. Meneó la cabeza y oteó a ambos lados, buscando el camino que más sombras ofreciese para empezar a recorrer taberna por taberna en busca de un hombre. Juan Diego Alegre. Habían coincidido en un par de ocasiones, pero no sabía si el español se acordaría de él. Tampoco le importaba. Le buscaba porque necesitaba espadas para la hermandad y el hecho de que el suizo le estuviese buscando para matarle y fuese un escorpión podría hacerlo mucho más sencillo. Sopesó sus opciones. Tal vez si le ofrecía la protección de la hermandad a cambio de sus servicios, aparte de la paga, naturalmente, fuese más sencillo convencerle. Claro, que la "protección de la hermandad" de momento se reducía a su persona y, si acaso, la de Dhunna. Porque el resto... No había por donde cogerlo. Aunque quizás esa fuese la mayor de sus ventajas, que uno nunca sabía por dónde podían salir. No había ninguno sano. Si hasta él era el General. Sonrió. En fin, a buscar. No podía andar demasiado lejos. En algún lado tendría que llenar el buche.

Juan_Diego: ....(Diego ejerce, cual suele, su derecho placer y privilegio a estar atareadísimamente sentado en una bayuca. En cualquiera de mala estofa y peor índole. Ahí le tienen, damas y caballeros. En la mesa más apartada de aquel sucio tugurio lleno de prostitutas, capeadores, negros, y gentuza varia. Todos ellos más decentes que el español, añadiré. Como es habitual, hay una zona de vacío en torno a él. Una zona de "no". No miran, no se acercan, no hablan, no tocan los huevos. Zona del "no". No dar por culo. Y eso hacen los parroquianos. Evitan mirar hacia esa parte de la sala, evitan pasar por esa parte de la sala. Evitan sentarse en esa parte de la zona, donde tan fiero león español y castizo que te rilas, anda pensativo. Sumido en las crueles lúgubres y profundas meditaciones de su avezada y privilegiada mente. Seguro que anda diseñando una estocada perfecta, imparable. Tiembla, Jaime Astarloa. De seguro, anda bien cercano a esa estocada perfecta. Mortal que te rilas.Seguro que mientras descansa sentado, con los antebrazos sobre el respaldo, su mente anda a punto de dilucidar el último giro de muñeca, el último...) ZZzzZZZzzzZZZz....ZZZzzZZZ....

Esthia probó una tras otra las tabernas de la primera calle. Nada. Siguió por la perpendicular. Tampoco. Abría la puerta, miraba, se marchaba. Su uniforme ayudaba a que no hubiese preguntas. Apenas asomaba la cabeza, el local se sumía en un silencio, sólo roto por el leve sonido de la espada al golpear contra su muslo izquierdo. Miraba a derecha e izquierda y, sin mediar palabra, desaparecía, dejando a la gente con la pregunta en el aire. ¿A quién buscaba? Por fin le encontró. Diría que en la última taberna en la que miró, pero es obvio, pues una vez encontrado, ¿para qué seguir buscando? Se hizo el silencio con su entrada, como en los casos anteriores. La presencia de un miembro de la Guardia no era buen presagio. Si fuese un grupo que viniese charlando alegremente, podrían pensar que iban de borrachera. O de putas, que solían. Él no, pero los otros sí. A él no le gustaban las rameras. Ni las decentes tampoco. Pero uno solo no solía ser bueno. Más miradas atrajo sobre sí cuando entró en aquel círculo imaginario, o no tan imaginario, que describían las mesas vacías alrededor de la figura del español. Se detuvo junto a su mesa, al lado contrario a aquel que ocupaba el duelista. Carraspeó y, con voz firme, dijo: -Juan Diego Alegre. -Como si le buscase por un asunto oficial.

Juan_Diego: ....(Venga, Diego. Te ha salido muy bien la coña. Ahora abre los ojos, que ha entrado un fulano a buscarte.) ZZzzzZZZz....(El de la gura puede verle allí sentado, con el pecho contra el respaldo. La capa doblada sobre la mesa, junto con el sombrero, y la cara hundida en los antebrazos, cubierta. Asoman más allá de la silla sus laaargas y trabajadas piernas, incluso relajado, los cuádriceps se hinchan y abultan sobremanera.) ZZzzZZZz...(El guardia dice su nombre.) ZZzzZZz...(No se pispa.)...ZZzzZZZ...(Ronca, por cierto.) ZZzzZZzzzGñé....(Diego, chs, chs.).....ZZzzZZZzzzZz...(¡Mira, Diego, dos hombres besándose en la boca!) ¡Hijos de puta enfermos! (Da un respingo. Al incorporar el rostro, sintiéndolo mucho, se le ve el careto. Ese jeto adusto, hosco, ceñudo permanentemente, de rasgos afilados, de cejas inclinadas hacia el tabique nasal. ¿Etcétera, eh? Pues no. De barbilla estrecha redondeada, y de mentón fino. De atezada y dorada tez salpicada de rayitas negras de barba mal afeitada de hace varios días. Y en el lateral diestro, junto a la ceja como una semi prolongación de la misma, una línea sonrosada de una cicatriz reciente que le afea, si se podía, mucho más. Mira a un lado y a otro. Titila y rila la larga trenza en que recoge su negra y rizosa cabellera, y que llega hasta donde la espalda pierde su casto nombre: El culo. Parpadea varias veces, mirando a Esthia. Le suena ese hombre. Y como todo hombre que le busca, no querrá nada bueno. Nadie quiere nada bueno de Juan Diego Alegre, porque no es un hombre bueno. Traga saliva y su acentuada y ostensible nuez desciende y asciende, antes de decir, con voz ronca y tono bajo.) Hoy no me apetece matarle. Vuelva mañana. ¿Tate?

Esthia arqueó la ceja. Tampoco era para que se asustase de ese modo. Aunque era normal, con la vida que llevaba. Se inclinó hacia adelante, hasta apoyar las manos en la parte superior del respaldo de la silla, en los extremos, con los brazos extendidos, de forma que sus hombros quedaban un poco desplazados hacia atrás, al dejar caer el peso sobre el mueble. Sonrió, con amplitud, como si le resultase divertida la respuesta, dejando a la vista parte de la hilera superior de dientes, grandes, fuertes, regulares, de un tono ligeramente amarillento. No blanco reluciente, no. Tampoco amarillo enfermizo. -Tsk. ¿Y tener que volver a buscarle tugurio a tugurio? Paso. Ya que le tengo aquí... -si esperar a ser invitado, separó la silla y se sentó. Apoyó los antebrazos en la mesa, uniendo las yemas de los dedos, sin cruzarlos. No se debían unir las manos de forma que se requiriese más de una décima de segundo para llevarlas a la espada cuando uno trataba ciertos asuntos con cierto tipo de personas. Sus ojos azules escrutaron un poco más al español. Al entrecerrarse, le salieron unas pequeñas arrugas a los lados y en la frente. Las cejas, oscuras y definidas, bajaron hacia el nacimiento de su nariz, recta. El cabello, corto y oscuro, estaba desordenado, señal de que había metido los dedos en él más de una vez a lo largo del día. -... me gustaría charlar con usted un momento. ¿Puedo invitarle a un trago mientras?

Juan_Diego: ....(Se yergue, dejando las manos posadas en el borde superior del respaldo. Dejando y quedando los brazos estirados, con la espalda recta, aunque curve un poco en la parte baja. Y le mira. Serio. Adusto y desabrido. Entrecierra los ojos mientras el otro hombre toma asiento sin ser invitado. Cosa que le toca las pelotas soberanamente a Diego, que emite un quedo gruñido.) Grrr....(Ronco, desde el estómago, no desde el pecho. El otro hombre habla, pero Diego, que va a su bola, responde.) En mi patria, España, donde semos gente sivilisá...(Para muestra un botón.) la gente pide permiso antes de sentarse a la mesa de otro hombre. Máxime porque si el hombre soy yo, sentarse sin permiso puede acarrear una hurgonada. Gilipollas. ¿Invitarme a un trago, dice? (Alza la mano diestra y brama.) ¡Tabernera, ponga el culo en un plato y tráigalo aquí que le bebo hasta el periodo! (Luego, ya ser impávido, se gira hacia el otro hombre. Entrecierra los ojos, y añade.) No bebo. Qué diablos quiere.

Esthia: Oh, disculpe. -se puso en pie, con un ademán un tanto burlesco. -¿Le importa si me siento, Sr. Alegre? -y se volvió a sentar, sin esperar contestación. Lo iba a hacer de todos modos. -Iré al grano. Necesito una espada. Usted tiene una. Creo que ya sabe a lo que me refiero. Además, el hecho de que Dieter le buscase con tanto ahínco me hace pensar que no debe ser malo del todo. ¿Le interesa? -Si era que no, ¿para qué dar más detalles?

Juan_Diego: ....¡Claro que me importa, tío feo! (Protesta. Pero el otro se sienta. Diego relincha y bufa, mirando a un lado y a otro.) Cagon su calavera...(Cuando el otro ya entra en menesteres más dignos para un duelista, Diego alza la ceja diestra poco a poco, curvándose sobre ese amplio, celeste y redondeado zafiro que atesora por ojo.) Mi espada y yo tenemos un precio. Como todo el mundo. ¿Quién dice que me busca, qué? Explíquese.

Esthia: Lo sé, lo sé. Es un coste que estamos dispuestos a asumir. -Aún no sabía de qué fondos disponía la hermandad, pero ya se apañarían, porque era preferible estirar el dinero y pagar un mercenario que atesorarlas para que las saqueansen los escorpiones cuando acabasen con ellos. Porque si iban a por ellos, era lo que pasaría. ¿Qué podía hacer él solo, por muy licántropo que fuese, contra los guerreros escorpiones? Nada. Bueno sí, huir o morir, pero nada que mereciese la pena reseñar. -El caso es que el hecho de que sean ellos, los escorpiones, los que busquen acabar con usted... -Dieter no había dicho eso, vale. Sólo que era un escorpión y que le buscaba. No había especificado si por motivos personales o del clan. Pero esos detalles, el español no tenía por qué saberlos. La verdad podía adornarse un poquito. Nos ha hecho pensar que tal vez sería bueno contar con usted en nuestras filas. -Su tono de voz había bajado. Lo suficiente para que sólo Juan Diego le escuchase, aprovechando ese círculo vacío a su alrededor.

Juan_Diego: ....(Frunce sus labios. Carnosos y copiosos, estrechos, eso sí. Hasta que palidecen. Frunce el ceño. Más. Parece que no pueda ser, pero puede. Se tallan arrugas entre las cejas, amén de las que siempre hay en los laterales de sus labios y nariz, ya saben, las arrugas del asco, y tal. Mira un instante al suelo, delatando que piensa. Lo cual, le cuesta un triunfo, por cierto, a alguien de mente no muy privilegiada, precisamente. Algo sabe del tema de las hermandades. Si un avezado matasietes, no sabe de las cosas que se traman en su ciudad, mal va el pobre desgraciado. Y son asuntos muy tubios, esos de las hermandades y demás. Ladea la cabeza, a un lado y al otro.) Lo que tenemos Dieter y yo entre nosotros, es personal. Va a parte de otras cosas. Los escipiones esos me la sudan. Y los del rabillo, también. He dicho. (Dice, asintiendo con la cabeza.) Lo que no me la suda son los doblones. Pero plazco de saber un poco dónde me meto. He vuelto a decir. (Y se recuesta un poco en el asiento, acomodándose.)

Esthia no pudo evitar reír ante la deformación de los nombres de las hermandades. A partir de entonces, los escorpiones serían escipiones para él. Al menos cuando hablase de ellos, no con ellos. Que sabía lo quisquillosos que eran algunos con esos detalles. -Pues me temo que a él no le importa aprovechar los recursos de la hermandad Escorpión para seguirle la pista, Sr. Alegre. Ni siquiera si eso implica acosar y atemorizar a mujeres indefensas para sacarles información sobre dónde encontrarle. Por suerte para usted, Dayanna supo aguantar el tipo. La hermandad Martillo procura la igualdad y el bien común, así que progete a sus miembros. El dinero... bueno, supongo que el precio es algo que podemos negociar con más detalle, habida cuenta de que puedo ofrecerle parte en especie, como alojamiento, comida y la protección de la hermandad. -dicho así, sonaba como si pudiese gritar "¡A mí la Legión!" y tener a su lado hasta al carnero dispuesto a socorrerle. Pero quizás, si conseguían más espadas, no fuese una oferta tan... irrealizable.

Juan_Diego: ....He dicho que me la sudan, todos y tod....¿Atemorizar mujeres, ha dicho? (Se detiene, frunce más el ceño y le mira.) Espere. Espere. (Hace un gesto con la mano, con los dedos unidos, la mano vertical, y la sube y baja, como indicándole que tire por ese camino.) Siga por ahí. Cómo que atemorizando mujeres. ¿Y qué Dayanna hizo qué? ¿Qué pinta una vendedora de flores tarada mental en todo esto? ¿Y qué pinta usted? ¿Y qué pinto yo? ¿Y quién es usted? ¡Eh! ¿Y quién soy yo? (¡Cálmate!). Afú. Qué coño pasa con Dayanna y con Dieter y con mujeres. (Se ha colapsado mentalmente. Hay cosas que no procesa, y amedrentar a una pazguata, o a una mujer, es una de esas cosas.)

Esthia esbozó una media sonrisa al ver la reacción del español. Parecía que el concepto "mujer indefensa" era un punto a su favor. Pues de esas tenían unas pocas. -Verá, vayamos por partes. Dayanna pertenece, al igual que yo, a la hermandad Martillo. En cuanto a mí, soy Esthia Vikórida, ya nos habíamos presentado en otra ocasión, creí que me recordaría, pero no tiene importancia. El asunto es que, por casualidades del Destino, yo presencié cómo Dieter acosaba a la pequeña florista. Y no precisamente a preguntas únicamente. -exajerar un poquito tampoco estaba del todo mal, ¿no? -En otras circunstancias, la herida se la hubiese llevado ella. Y Dieter no hacía más que presionarla para que le revelase su paradero. Cosa que ella, por supuesto, no hizo en ningún momento. Supongo que porque, en realidad, no tenía ni idea de donde encontrarle. El caso es que, a raíz de ese encuentro, que me consta que no fue el primero, consideramos que era buena idea ofrecerle unirse a nosotros. Ya que los escorpiones le buscan, ¿qué mejor que unirse a sus "enemigos"?

Juan_Diego: ....¿Estía qué? Oiga. Creo que sus padres no le querían. Claro que le recuerdo, es el cabrón que me pidió dinero a cambio de no batirnos. Tío fenicio. Judío. Antisemitismos al margen: Hmmm....(Se pone a pensar. Frunce el ceño. Le parece impensable que Dieter haya sido capaz de eso, francamente. Hay cosas que se hacen y cosas que no se hacen, si se es hombre. Y esos maltratos no los ve típicos del suizo. Que vale, que bien, que será suizo. Un animalico salvaje y bárbaro, por ende. Pero era un tío medianamente serio. No tan serio noble y estoico como Diego. Pero serio. Diego ladea la cabeza a un lado y a otro. Aquí hay dos bandos. Y uno le quiere muerto ,amén de que el suizo está allí. Y el otro.....tiene a Dayanna.) Dios mío....Formaré mi propia hermandad y les mataré a todos. Pienso matar primero a los escorpiones, y luego les mataré a ustedes, porque les odio, a todos, arde la sangre en las venas. (Dice, tenso, mirnado al suelo.) cada vez que les voe, sarnosos paganos de mierda. (Se tensa. Más. Le tiemblan las manos, se muerde el labio inferior.) Y cuando acabe esta guerra deogllaré como a perros a cada superviviente a cada mujer y a cada niño y me quedaré más solo que la una......(Parpadea. Se da cuenta de que habla en alto.)..... (Mira a Esthia.)................Ah.....(Sonríe, de forma que se le realzan los pómulos. Mucho.) ¡Hola! ¡Acepto gustoso! (Le tiende la mano, pensándose que el otro es tan tonto o tan sordo como él.)

Esthia parpadeó, algo atónito, mientras el español hablaba, aparentemente solo. Le entraron ganas de reír a carcajada limpia, pero no. Se mordió la lengua para no hacerlo. Había aceptado y lo que menos le interesaba ahora era ofenderle y que cambiase de idea. Alargó el brazo sobre el tablero de madera para estrecharle la mano. -Hecho, pues. Bienvenido a la Hermandad. Esta misma noche le proporcionaré un emblema, el acceso al cuartel general, por si desea trasladarse allí, y un pequeño adelanto de su paga. Por si tiene asuntos que saldar. -La cuantía final la negociarían ya en el cuartel, a menos que él sacase el tema en ese momento, porque si incluía alojamiento y comida, no iba a ser tan generoso, que no sabía cómo estaban de llenas las arcas de la hermandad.

Juan_Diego: ....(Le estrecha la mano. Fuerte. Asiente con la cabeza. Cuando vea las instalaciones y demás, ya irá pensando como quemarlas con ellos dentro. Digo....jé. Ya pensará cuánto descontar de su soldada. Le tira un poco de la mano, para que se acerque, y se inclina para susurrarle al oído, aún sonriente. TAN sonriente que cae en lo falso, de estas sonrisas que suben las mejillas y los pómulos. Entonces musita.) A uced le mataré el primero. No olvido aquél callejón. Esto es temporal y por dinero. Sépalo. (Y se separa, mirándole a los ojos. Se la menea. La mano, coño. Y se la suelta. Las cosas claras. Diego es un hombre rencoroso. Cruel. Malo. Y no se anda con engaños ni embustes.) Bueno. ¿Nos vamos de putas para celebrarlo, camarada? (En España, amigos hoy, enemigos mañana. O ambas cosas en el mismo día.)

Esthia sonrió. Bonita advertencia. Bueno, ese asunto era algo que ya solucionarían cuando se diese el caso. De momento, estaban en el mismo bando. El enemigo común unía. Y esos eran los escorpiones. -Claro, hombre. ¿Qué mejor manera de celebrarlo? -Genial. Sí. Una fiesta. Encima tenía que irse de putas. Lo que estaba deseando. ¬¬. Ains... ¡Qué dura era la vida del General del Martillo! Si hasta tenía que encamarse con mujeres para cerrar los tratos. No era justo, no, pero era su cruel destino. En esta vida, un hombre tiene que saber hacer sacrificios.

Juan_Diego: ....(Ya buscará luego una excusa para no ir de putas. Ah. Sí, es fácil.) No llevo dinero. Luego si acaso. Esta noche me enseñará todo lo que tenga. (Dice, ignorante de con quién está hablando, y de su oculta y desviada y asquerosa y enfermiza, y....y....mierda, es que es maricón. Hace un gesto de barbilla.) Y ahora lárguese. Afecta a mi fama el que me vean con alguien respetable. ¡Fush fush!

Esthia suspiró aliviado. Nunca le había resultado tan fácil escurrir el bulto. Menos mal, porque lo que menos le apetecía en ese momento era tener que cumplir con una mujer. Sonrió internamente ante el comentario de Juan Diego. Ay, si él supiese... Se levantó y se alisó la camisa con ambas manos, desde la mitad del pecho hasta la cintura. Dos, tres veces. Como si eso sirviese de algo. Pero oye, de cara a la galería, lo mismo sí. Cuco que iba él con su uniforme. -Buenas tardes, sr. Alegre. Ha sido un verdadero placer hacer negocios con usted. -le dedicó un rápido guiño y le dio la espalda para marcharse de allí.

Juan_Diego: ....Váyase a la mierda. (Responde, gentil y educado. Elegante fastuoso honroso y gallardo, antes de volver a hundir la cara, afeada por la cicatriz y fea de por sí, contra los antebrazos, volviendo a formas su imagen épica donde las haya de bellaco y chucho famélico acabado y muerto de hambre.) ZZzzZZZzzZZz....

Y así fue como Juan Diego Alegre pasó a formar parte de la Hermandad del Martillo.
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