Camelot

El sacrificio de Ángel Maldita.

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El sacrificio de Ángel Maldita.

Mensaje  Pallas_Atenea el Miér Nov 28, 2012 12:51 pm

Hacía tiempo que las sombras se habían extendido por la ciudad. El sol se había puesto sobre el bosque, dejando que la oscuridad se arrastrase, devorando los adoquines, los muros, la fuente, la muralla... En las calles se encendían farolillos en las esquinas, aunque la mayoría de calles estaban sumidas en la penumbra, sólo rota por el resplandor que escapaba de las ventanas de las casas.
Y la de Clyven no era una excepción. El hogar calentaba la sala principal, donde el mercenario se paseaba nervioso, como una fiera enjaulada. Se detuvo junto a la ventana, mirando al cielo. Pero nada. ¿Qué esperaba encontrar? Sabía que no estaría allí. Esa noche no habría luna y por mucho que la buscase no iba a aparecer para él. No tenía sentido alargar la espera. Sin cruzar palabra con nadie, abrió la puerta de la calle y abandonó su morada, dejando solas a las tres mujeres que allí dormían a esas horas. No se despidió de ninguna, no quería perturbar su sueño. Suficiente era que uno pasase la noche en vela. Con las manos en los bolsillos de su oscuro pantalón, se encaminó hacia el oeste, hacia la salida de la villa, hacia el bosque. El momento se acercaba.

Por su parte, Ángel había estado todo el día trabajando. El bosque estaba extrañamente silencioso. De una manera siniestra. El viento soplaba suavemente, y de forma gélida. Alzó la cabeza, olisqueando el aire. Se arrancó las ropas escondiéndolas en un árbol. Literalmente. Así no olería ni lo más mínimo. Agarró los pantalones, sí, los pantalones y se los puso. Junto con una camisa blanca y holgada. Cerró los ojos y el aire se llenó de magia. Brevemente. Pallas Atenea, embarazada de unos buenos cinco meses, se encontraba allí, en medio del bosque. Su mirada escrutaba cada rincón del aquella parte del bosque. Con frialdad. Se miró la barriga y luego al cielo. Suspiro y comenzó a caminar. Tocándolo todo. Plantas, árboles... Dejando su rastro allí por donde pasaba. Lejos de su hogar. Cuanto más mejor. Y lejos de la ciudad.

Clyven apresuró su paso hasta perderse en la vegetación. Tenía que alejarse todo lo posible de su casa. De sus hijas. De ella. Sobre todo de ella. Porque ella era su objetivo. Su presa. Su maldición. Cuando sintió la influencia de la bestia por primera vez, echó a correr, para aumentar la distancia que le separaba de la ciudad. Todo le parecía poco. Mas no pudo alejarse todo lo que hubiese querido. Una fuerte punzada le atravesó el pecho, como si un relámpago hubiese caído del cielo y le hubiese atravesado de parte a parte. Se detuvo, cayendo de rodillas al suelo. Un largo aullido escapó de su garganta. Roto, cargado de rabia y dolor. Trató de levantarse, trastabillando, para continuar andando. Aturdido, se golpeó contra un árbol, cayendo de nuevo de rodillas. Se llevó las manos a las sienes, tirándose del pelo hasta arrancarse mechones.

Ángel seguía caminando con prisa pero sin mirar atrás. Todavía no alcanzaba a sentir el aura del lobo. Sus manos temblaban por el miedo. Se le leía en la cara. Se mordía el labio con fuerza, hasta casi hacerse sangre. Entonces se giró. Sintió un escalofrío en la nunca. Y como el viento arrastraba un aullido lastimero y lleno de ira. La caza había empezado. Y ella era el plato principal.

El licántropo se arrastró por el suelo, encogiéndose sobre sí mismo. Los codos tocaron el suelo, luego sus rodillas. Se irguió otra vez sobre las rótulas, arqueando la espalda hacia atrás, casi convulsionando. Sus músculos se tensaban Y relajaban sin sentido. Los huesos crujían y las articulaciones parecían doblarse en ángulos imposibles. Los gritos de dolor no se hacían esperar. Aquella transformación no era voluntaria, no era natural. Era impuesta y dolorosa. Una larga agonía que se prolongaría un poco más. Dejó de tirarse del pelo y bajó las manos a su pecho, aferrando la tela de la camisa, ya raída y gastada, que se rajó al segundo tirón de sus manos. Su piel parecía desgarrarse mientras se cubría de un espeso pelaje oscuro. Por mucho que intentase resistirse, no podía controlarlo, no tenía consciencia ni voluntad. Era sólo rabia e instinto. Se golpeaba contra los árboles, en un vano intento de aplacar el dolor.

A Ángel le faltó echarse las manos a los oídos. No estaba apenas cerca, pero la sensibilidad con la naturaleza era para bien y para mal. Y era horrible. No podía hacer nada más que esperar y esperar. Alejarlo todo lo posible y que así, su plan llegase a funcionar. Si Clyven no la perseguía, poco podría hacer. Se retiró un rizo hacia atrás, de un soplido. Quedándose quieta en una pequeña zona rodeada de arboles. Allí. Ese era el lugar perfecto. Con suerte lo noquearía y pasaría toda la noche atado.

Clyv se detuvo, mirando alrededor, olisqueando sonoramente el ambiente. Sonrió internamente, pues sus rasgos, que ahora eran animales en lugar de humanos, no le permitían hacerlo de verdad. Ahí estaba. El olor más delicioso que pudiera llegar a él. El olor de la venganza. Sin molestar en ocultar su presencia, o acechar, siguió el rastro. A la carrera, chocando con ramas y arbustos a su paso. El licántropo iba en pos del olor de la bruja. Un olor demasiado conocido para confundirlo. Y fuerte, señal de que estaba cerca. Pronto la tendría ante él. Pronto podría disfrutar una vez más de su sangre y su cuerpo.

La druida miró hacia los lados. El venía. Sus pasos retumbaban en el suelo. Y ella sin armas. Bueno, las tenía pero no en aquel cuerpo. Si no escondidas en un lugar estratégico. Su intención no era matar al lobo, pero si tenía que hacerle daño, no le quedaría otra. Lo que si seguía llevando encima, era la daga de plata. Atada y escondida en el muslo.
-Vamos lobito, caperucita te espera -susurró con ese humor ácido que la caracterizaba.

Clyven no veía los árboles, los esquivaba por puro instinto. Mantenía la mirada en algún punto del infinito ante él, como un loco que sólo puede seguir sus más bajos instintos. Hasta que por fin la tuvo delante. Se relamió ante la visión de aquella mujer y, sin detenerse, se abalanzó sobre ella, para empujarla contra el árbol más cercano.

Ángel soltó un gruñido. No lo había visto venir. ¿Cómo podía haber pasado eso? Nadie la había pillado desprevenida nunca. Sintió como el tronco se hacía astillas en su espalda, por la brutalidad del golpe. La dejó sin aire. Y soltó un gemido ahogado. Sin aire. Pero no podía permitirse perder, alzó una rodilla intentando acertar un golpe.

Bien. Ahí la tenía, a su merced, como le gustaba. Doblegada a él, a sus golpes, a sus deseos, a su voluntad. La tomó de la ropa y la levantó ante él. Inspiró su olor. Delicioso. Con la otra mano la cogió del pelo y, de un seco tirón, le movió la cabeza para descubrir su cuello.

La druida gruño. Era algo irónica la situación. Ya que en otra escena hasta lo hubiera disfrutado. Pero aquello era una lucha de vida o muerte. Al menos había conseguido atraerlo hacia ella. Como pudo, sacó su daga de plata. Si le mordía el cuello la herida podía decidir demasiado rápido aquel combate. Necesitaba espacio. Y tiempo para recomponerse. Le dolía al respirar, como si se hubiera partido alguna costilla ante el golpe. Viejas heridas aun dolían. Sujetó con fuerza la daga, intentando buscar un flanco. La tenía de tal forma sujeta, que apenas podía hacer algo más que gruñir y revolverse para que la soltara. Usaría la magia, pero en cualquiera de ambos casos, y tal como estaban. Los dos saldrían demasiado mal parados.
-Joder, Clyven no me lo pongas mas difícil -a pesar de la mujer tener el aspecto de Pallas Atenea, su voz sonaba completamente diferente.

Sin embargo, a Clyven le daba igual la voz o el aspecto que tuviese, no la reconocía. Ni a ella, ni a nadie. Lo único que reconocía era el olor y eso lo había imitado a la perfección. No respondió a sus palabras, no podía hacerlo, sólo era una bestia, un animal sediento de sangre. Su instinto le avisó del ataque de la druida en su costado y la soltó para alejarse un poco. Gruñó, enseñando los dientes, amenazante. Tendría que desarmarla antes de devorarla.

Ángel se desplomó al suelo. Fue entonces cuando pudo vislumbrar la grandeza de Clyven. La tenía cuerpo a cuerpo y ella apenas tenía más que una daga y una espada escondida en algún lugar de aquella zona. Se arrancó la ropa directamente. Lo mejor era pelear así. Ya iba sin armadura así que... Se quedo en unas mínimas telas que cubrían sus partes más intimas. Sus movimientos serían más letales. Para ambos. Se inclinó levantándose, daga en mano, y con la otra preparada para lo que fuera a venir. Por físico podía matarla de una hostia. Pero quedaba mucha noche y tenía que aguantar. Lo miraba a los ojos, mientras las cicatrices de su pasado la hacían arder por dentro. Otra vez la misma escena, diferente historia. Ante los ojos de Clyven tomo las formas de la druida: 1,54m; 65kg y aquellas molestas alas a su espalda. Mantenía una expresión salvaje en el rostro, moviendo los pies descalzos sobre la hierba. Despacio, haciendo un semicírculo con el lobo.

Clyv aulló de satisfacción. Una presa más baja y con más carne para devorar. El olor era distinto, no tan dulce, pero igualmente agradable. Aprovechando su mayor tamaño y fortaleza, saltó de nuevo sobre ella, para tratar de derribarla y rodearla. Su objetivo, aquellas alas que le habían salido a la espalda, para que no pudiese levantar el vuelo -como no era consciente de quién era, no recordaba que no le servían para volar-. Intentó agarrarlas para tirar de ellas mientras mantenía la rodilla contra su espalda.

Ángel lo miro como para poder hacer algo. Era demasiado rápido para ser tan grande. Fue a girarse con agilidad pero algo tiró de su espalda.
-¡Putas Moiras! -mal hablada era un rato.
Gruñó al sentir el leve desgarro. Ya se las habían arrancado una vez, aun se podían ver las cicatrices que ahora empezaban a abrirse paso nuevamente. Aquello no dolía ni la mitad de lo que dolió la última vez. Haría lo que fuera por soltarse. Podría alcanzar bien al lobo, pero sabía exactamente donde tenía puesta la rodilla. Así que a pesar de que uno de los resultados fuera peor, echó el brazo hacia atrás con la daga, intentando hacerle un tajo en la rodilla.

Clyven apretó la rodilla contra la espalda de la druida, para hacer fuerza en un sentido, mientas que con la mano izquierda sujetaba una de sus alas, la izquierda. Con la otra mano, con las fuertes garras que coronaban sus dedos, hendió la carne de aquella mujer, hasta el hueso, al tiempo que tiraba con fuerza hacia atrás del ala. La daga de plata abriendo un corte en su muslo, evitó que se la llevase consigo. Se alejó de ella. Tenía que quitarle el arma como fuese.

Ella gritó desgarradoramente cuando mitad de sus alas abrieron su piel. Rompiendo su carne, sus músculos. Y se desplomó contra el suelo. No soltaba la daga, era su seguro de vida en aquellos momentos. Notó como la sangre que emanaba de ella embadurnaba sus plumas. Se levantó a duras penas, y de su mano salió una pequeña bola de fuego. Más pequeña que una manzana, directa al vientre del lobo. Necesitaba tiempo para levantarse.

El olor a pelo quemado no tardó en extenderse a su alrededor. Gruñó, rabioso, por el dolor de la quemadura, que dejó una calva ennegrecida en su pelaje. Rodó por el suelo para apagarlo y se levantó para volver a atacar, avanzando a la carrera, sobre sus cuatro extremidades, para tratar de tirar a la druida de un empellón y atraparla bajo él. Sus fauces iban hacia la mano que sostenía la daga, para tratar de morderle el brazo y que la soltase.

Ángel tuvo el tiempo justo para girarse en el suelo, cuando el licántropo saltó sobre ella como los leones sobre una cebra. Se cubrió con los brazos el rostro, creyendo que iba directo al cuello. Y soltó la daga. Por suerte no fue muy lejos. Pero no tenía forma de agarrarla. Blasfemó de una manera muy poco femenina, mientras sus facciones se asalvajaban como las de un animal. Sabía que hablarle era inútil en aquel estado. Era como un bárbaro en furia berseker. No discernía ni a los amigos ni a los enemigos. Y ella era solo un tentempié. Aun quedaban horas hasta el amanecer, pero con aquella herida en la espalda era probable que en unas horas se desmayase por la pérdida de sangre. Apretaba los dientes con el brazo aprestado por los dientes de aquel lobo. Con el otro brazo y de forma traicionera uso sus dedos para metérselos con fuerza en los ojos. Intentando ahuyentarlo.

Grrrr. Clyven gruño y movió la cabeza repetidas veces a un lado y a otro, para ahondar en la herida y tratar de llegar casi al hueso. El sabor de la sangre se extendió por su boca y no pudo evitar que su lengua, grande, húmeda y rasposa, lamiese lentamente la carne que quedaba dentro de sus fauces. Delicioso. Pero no tenía suficiente con unas gotas. Aquel cuerpo palpitaba, lleno de líquido rojo, caliente. E iba a degustarlo entero. Apretó con fuerza los ojos para evitar los dedos de la druida, pero era demasiado doloroso para aguantarlo y soltó su presa. Con la mano derecha, trazó un arco para apartar a la mujer de él y alejarla de sus ojos. Los abrió de nuevo, para mirarla y lanzarse de nuevo al ataque, por un costado, para lanzarla contra un árbol y que se golpease, primero contra el tronco y luego contra el suelo.

Ella le devolvía el gruñido. Desafiante. Porque la muchacha no sabía cuando dejar de pelear y cuando tocaba huir. Y además, estaba allí por lo que estaba. Por voluntad propia. Nadie sabía su plan. Rodó por el suelo recogiendo la daga nuevamente. Evitando el derechazo del lobo. Sin embargo, el segundo ataque no. Como un peso pluma salió volando, irónicamente, contra un roble. Se golpeó las costillas sintiendo como mas de una se resentía y se partían por el golpe. Se precipito de lado al suelo. Cara el lobo. Sangraba por la boca y se relamió. Pareció meter la mano en el árbol, del cual saco otra espada. A su mano derecha directa. Se levantó. A duras penas. No sabía cómo podía hacerlo pero lo hacía. Pensaba en el lobo y en su familia. No se iba a rendir. Agarró con fuerza las armas. Dispuesta a defender su propia vida. Y corrió hacia el lobo. Dando un salto con la intención de caer a su espalda. Si lo conseguía aquello sería como un rodeo. Pero peor.

El lobo dejó escapar un nuevo gruñido al ver aquella espada salida de la nada. Magia. Odiaba la magia. Porque no podía defenderse ante ella. Porque permitía a su enemigo atacar a distancia y jugar con ventaja. Y le gustaba que la ventaja estuviese de su parte. De todos modos, contaba todavía con la superioridad de tamaño -bastante considerable- y de fuerza y resistencia. Corrió hacia ella, de nuevo sobre sus cuatro extremidades, aunque al ser bípedo era una forma de correr un tanto forzada, pero le hacía ofrecer menos resistencia al movimiento. Por ello, la druida pudo saltar por encima de él y caer a su espalda. Apenas notó el peso sobre él, se detuvo, derrapando unos palmos para frenar el impulso que llevaba, y se irguió para intentar hacerla caer de su lomo. Si no caía por su propio peso y la brusquedad del movimiento, trataría de hacerla caer chocando contra los árboles.

Ángel se enganchó cual garrapata al cuerpo de Clyven. Apretando sus muslos contra el cuerpo del lobo. No era capaz de usar la magia por la fuerza que ejercía para no perder la consciencia por las heridas. Pero sus habilidades eran innatas y salían solas. Parecía una araña y aunque no podía rodearlo por completo con las piernas, parecía estar bien sujeta.
-Me cago en las moiras lobo... -gruño cerca de su oreja.
Tenía que noquearlo de alguna manera. Agarró la daga de plata y dirigió la puñalada directa al hombro, con toda la fuerza de la que disponía. Que no era mucha, pero menos daba una piedra.

Clyven aulló y gruñó, notablemente enfadado. La druida no se caía, así que tendría que tirarla. Se lanzó de costado contra el árbol más cercano y fue el golpe lo que evitó que la daga de plata hendiese su carne en una zona tan vital como el cuello. Si no, estaría muerto en unas pocas horas a causa de la infección que se extendería por su cuerpo. Se separó del tronco lo justo para coger impulso y volver a lanzarse contra él. Sin descanso. Le dolían aquellos golpes, pero mejor acabar amoratado que muerto. Y tenía que quitarse a la mujer de encima para poder acabar con ella.

Ángel sintió como las alas se hincaban en su espalda. Aquel peso tiraba de su carne rajándose en cada movimiento. Gritó de forma angustiosa y se desplazó entre el lobo y el árbol contra el suelo. Haciendo una raja en el hombro del lobo al tirar de esta y caer por propio peso. El arma se quedo semiclavada ya que no le quedó otra que soltarla. Ahora simplemente tenía una espada. Y de poco serviría. Respiraba con dificultad, tosiendo sangre. Intentaba mantenerse a cuatro patas, se agarró al tronco y comenzó a subir. No tenia garras, no tenía nada con lo que sujetarse. Pero sus manos parecían tener una ventosa la cual le facilitaba el acto. Necesitaba tiempo. Y lejanía.

Clyven se sacudió, haciendo que la daga, que había quedado enganchada en su pelaje, saliese despedida y cayese a varios metros de ellos. La herida era superficial, pero larga. Sangraba abundantemente. Y eso, en el fondo, le favorecía, porque podría expulsar la infección y sobrevivir a la plata. Pero seguramente dejaría una cicatriz. Un recuerdo de lo que había ocurrido aquella noche, ya que, al recuperar su consciencia, no habría nada en su memoria de lo que allí había pasado. Sin dilación, se irguió contra el tronco y agarró las piernas de la druida, tirando con fuerza de ellas, clavándole las garras para que el dolor le obligase a soltar las manos y cayese al suelo, ante él. Tiró y tiró hasta que la arrastró hacia abajo, sin preocuparse de si se dejaba la piel contra la corteza del tronco. Agarró las alas en cuando las tuvo a tiro para causar aún más dolor. Y, cuando la tuvo en el suelo, la vapuleó contra el tronco, la giró, empujándola contra la corteza, para que se le quebrasen las alas. Cogió con una mano su encrespada melena, con la otra la agarró del brazo, tirando violentamente en direcciones opuestas, para dejar expuesto su cuello. Hundió las fauces en el hueco, sobre la clavícula, y mordió con fuerza, hasta que sus colmillos desgarraron piel y músculo y su boca se llenó de sangre.

Ángel clavo los dedos en el árbol. Dejando unos arañazos que ni dolor podía sentir. Perdiendo incluso un par de uñas que quedaron ensartadas en la corteza astillada. Su mente gritaba por dentro. Intentó usar la magia, pero de ella solo salió un chispazo que no llegó a ningún lado. Volvió a ser embestida contra el tronco, quedándose K.O. Seguía consciente, pero no podía más. El dolor la superaba y las alas apenas colgaban ya de un par de músculos. Destrozadas y casi sin plumas. Sintió aliento del lobo sobre su cuello. Donde ya moraba una fea cicatriz. Antigua. Pataleó inútilmente.
-¡¡Joder Clyven!! -gruñó, sin éxito cuando aquellos feroces dientes desgarraron su piel morena, arrancando músculos, partiendo aquella vena que acabaría con la vida de la druida.
Sus ojos se volvieron cristalinos y apagados. Miraba al bosque mientras sentía la lengua del lobo saboreándola. Quién diría que iba a ser de ese modo. Su cuerpo con los músculos contraídos, comenzó a relajarse. Su pulso se hacía más lento bajo las fauces del lobo. Mientras su mirada iba perdiendo ese brillo verde, convirtiéndose en un bosque marchito.

Clyven lamió con ansias aquella herida abierta sobre otra anterior. Bebió su sangre, dejó que cayese por su mandíbula, manchando su negro pelaje. Mordió con fuerza su hombro, para que no se escapase. Hasta que la sintió inerte entre sus garras. Dejó entonces de hacer fuerza y se limitó a degustar la sangre que salía de la herida, ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Ya tenía su presa y ahora sólo tenía que devorarla.
No supo cuánto tiempo había pasado allí, bebiendo la sangre de Ángel. Ni cuándo se quedó dormido, apoyado sobre su cuerpo. Lo descubriría todo cuando, a la salida del sol, abriese los ojos y se viese a sí mismo desnudo, cubierto de sangre, junto al cadáver de una de las pocas personas a las que había podido considerar amiga.

La druida exhaló su último aliento. Bajo las garras del lobo. Era muy irónico lo que acababa de pasar. Pero sus últimos pensamientos se los dedicó a su reino y a la gente a la que había jurado proteger. Con aquel acto había dado una oportunidad más a Clyv y a su familia de ser felices unos días más. Y aquello merecía la pena. Tan pronto el corazón de Ángel dejó de latir, el bosque emitió un siseo, provocado por el viento, los pájaros piaron descontroladamente y todo el bosque se revolvió. De fondo, lejos, se escuchó un aullido. Fuerte, potente. Y doloroso. Un llanto. La druida había muerto, y ya nada se podía hacer.

Los rayos del sol se colaron tímidamente entre las hojas de lo frondosos árboles. No era suficiente luz para despertar a nadie, pues apenas acababa de amanecer hacía un par de horas. Pero Clyven despertó, como cada día siguiente a la luna nueva, con el sabor de la sangre en la boca. Se incorporó, aturdido y dolorido. Las heridas habían cerrado durante la noche, gracias a la transformación, pero todavía tenía hematomas repartidos por la piel. Estaba desnudo y tenía la mandíbula, el cuello y el pecho manchados de sangre. Al igual que los dedos que pasó entre su pelo, hacia la nuca. Sangre reseca y oscurecida. Propia y ajena. Un olor extrañamente familiar, pero que todavía no había identificado. No recordaba nada de lo ocurrido una vez se había transformado. Se miró, comprobó que estaba vivo y de una pieza. Y se percató de un bulto que había a su lado, a su espalda. Tenso, asustado de lo que pudiera encontrar, giró la cabeza por encima de su hombro para ver de qué se trataba. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al reconocer el cuerpo. Se arrastró de rodillas hasta ella y trató de despertarla, moviéndola impetuosamente.
-Pollita. No, joder, pollita, no me hagas esto. Tú no. ¡Despierta! Joder. ¡¡DESPIERTA!!
Pero era inútil, no había latido, no había respiración, no había vida. Echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un desgarrador alarido de rabia. Rabia e impotencia. Por primera vez no se sentía aliviado al no ver el cuerpo de la bruja a su lado. Porque le había costado la vida a una persona importante para él. Y llevaría esa carga siempre. Como tantas otras.

-Es inútil -un gruñido a los oídos de los demás. Una frase simple a los de Clyven.
El lobo de la druida, tan grande como un caballo, estaba sentado a unos metros de ellos. Mirando el cuerpo sin vida de su compañera. Con los ojos entrecerrados. Dejó escapar un bufido, intentando mantenerse firme. No quería asustar a Clyven. Así que habló para indicarle su presencia. A pesar de que llevaba allí horas.

Por instinto, Clyv se giró rápidamente hacia el enorme animal, interponiéndose entre él y el cuerpo de la druida, al que daría sepultura más tarde.
-No tendría que haber sido ella. Cualquiera servía. ¿Vienes a vengarla? -Porque si era así, lamentándolo mucho, iba a presentar batalla.

-Tranquilízate pequeño -sí, le había llamado pequeño. Pero por años, él le llevaba una buena ventaja. Se levanto despacio sobre sus cuatro patas comenzando a caminar muy lentamente, mirando ahora al muchacho-. No vengo a vengarla. Ella lo decidió así. Y cuando algo se le mete en la cabeza, ni a golpes se lo sacas -suspiró lobunamente. Sus gruñidos eran suaves y serenos. Casi sonrió cuando el hombre mostró ese "cariño", protegiendo el cuerpo de la que había sido su compañera-. Cuando yo era cachorro, hace mucho tiempo, arriesgó su vida por salvarme. Y eso es lo que ha hecho esta noche. Te prometió, que mientras ella viviese no permitiría que le pasase nada a tu familia -se quedo quieto. Quería acercarse al cuerpo, pero no presentar batalla. Esperaría paciente.

Clyven le permitió acercarse, pero no perdió de vista sus movimientos. Se puso en pie. Estaba entumido, pero no se estiró, como haría normalmente. No le pareció correcto.
-No tenía que hacerlo. Y menos a este precio. Sabía que no podría detenerme. Lo sabía, joder. Sabía que la furia es incontrolable. ¿Quién cojones le mandaba meterse? Podría haber sido cualquiera. ¿Por qué tenía que meterse en el puto medio?

El animal torció el gesto arrimando el hocico al rostro de la joven, inerte.
-Tuvo un mal presentimiento. De que precisamente esta noche no sería cualquiera. Nunca ha usado la lógica. Su forma de vida lo demuestra -lamió su mejilla, claramente afectado. Sin embargo seguía manteniendo aquella postura serena-. No te tortures Clyven, lo ha hecho para que pudierais ser felices un mes más -alzó el mentón para mirarlo.

-No tenía por qué hacerlo –rezongó-. Habríamos sido felices con cualquier otro muerto. Pero tenía que meterse en medio. Es como todas las mujeres, tienen que meter las narices donde nadie les llama -reprochó al aire. Sí, le agradecía el esfuerzo, el que hubiese dado su vida por su familia. Pero no quitaba que hubiese Preferido que se hubiese estado quietecita-. Quiero despedirme de ella. A mi manera -echó un vistazo alrededor y junto un par de ramas que habían sido arrancadas durante la pelea. Iría añadiendo más poco a poco.

El lobo asintió con la cabeza.
-No puedo defender sus actos. Preferiría que fuera otra, al igual que tu. Pero ni tú ni yo podíamos impedirlo. ¿Qué pretendes hacer? -se sentó al lado del cuerpo, bastante cansado. Respiraba despacio y con profundidad, mientras observaba a Clyven con curiosidad.

-Eso me tranquiliza mucho -ironizó-. En el fondo me deja a mí jodido, cargando con su muerte -se encogió de hombros-. Supongo que puedo soportar una más -se alejó unos pasos, recuperando otras ramitas para añadirlas a las primeras-. Voy a quemarla. ¿Tienes alguna idea mejor?

Suspiró. Él moriría con ella. Lo tenía claro.
-Ha sido voluntaria. Eso tiene que importar algo -niega con la cabeza ante el comentario de la idea mejor. Realmente no sabía muy bien que se hacía en esos casos. Y la druida nunca había dicho nada sobre su muerte-. Me parece bien, que las cenizas bañen el bosque -notaba la crispación del hombre en sus ojos, algún día entendería aquel sacrificio.

Clyven no respondió. Si las cenizas se quedaban en el bosque o no, le traía sin cuidado. Según sus creencias, al quemarla, su alma seguiría adelante. Y el resto le importaba poco. La respetaba y por eso quería quemarla. Punto. En silencio, reunió una cantidad de ramas lo suficientemente grande para quemar el cuerpo. Ahora faltaba encenderla. Y con lo que tenía allí, tendría que recurrir a la fricción de una madera contra otra.

Miraba cada movimiento de aquel hombre. Como iba haciendo una pira de ramas y madera. Para quemar el cuerpo. Se terminó tumbando, sin energía, apoyado en el cuerpo ensangrentado de la mujer. Gruño sin querer. Lastimeramente. Todo había llegado a su fin. De una forma irónica. Las moiras parecían reírse en aquel momento de la escena.

Malicia sintió como una ínfima parte de ella había "muerto". Sabía lo que había pasado, sabía que la estupidez de la Druida, acabaría con ella tarde o temprano, y así había sido. Lo único que la frustraba, era no saber como la estúpida lo había hecho. Seguía sintiendo donde estaba, y en un oscuro rincón, de aquel bosque, pudo ver entre las sombras el cuerpo de Ángel. Una media sonrisa se escondió bajo su máscara, sentía algo en su interior, pero jamás admitiría que llego a cogerle algo parecido a cariño a la Druida. Oyó algunas palabras, pero solo veía a un enorme humano cubierto de sangre, y aquel compañero que había sufrido demasiado por la que fuera su Druida. No sabía que pretendían hacer, así que con cuidado, analizando la escena, se acerco levemente aprovechando las pocas sombras que daban los arboles. Sus ojos dorados se clavaron en el gigantesco varón, no lo conocía, y aquello no le gustaba.

Clyven frotaba un pedazo de madera contra otro para que la fricción hiciese calor y, con un poco de suerte, saliese una pequeña llama. Pero necesitaría mucho tiempo. Y no era un hombre precisamente paciente. Así que no tardó en renegar y gruñir, pero sin dejar de hacer girar la rama. Impaciente era, pero cabezón más. Sin embargo, hubo algo que le hizo levantar la cabeza. Olía a alguien más allí.

El enorme lobo levantó la cabeza, gruñendo. Enseñando los dientes. Desde luego las cosas estaban peor de lo que pensaba. No se separó del cuerpo de la druida. Al contrario. Se acercó hasta el punto de casi ponerse sobre ella. Como si la pudiera proteger o algo.
-Tenemos visita -sabía de sobra que Clyven también habría detectado el cambio de aire en el ambiente.

Malicia se detuvo a escasos metros de la escena clavando sus ojos en el varón. No sabía lo que era, no sabía a lo que se enfrentaba, y no se iba a jugar a perder algo suyo por la Druida, había perdido demasiadas cosas ya por ella. De detuvo observándolo, dejando que fuera él el que diera el "primer paso". No pudo evitar aun así, mirar una sola vez de reojo al destrozado lobo que había al lado de Ángel. Imitando a los presentes olfateo el aire, aun bajo la máscara, olía como a perro mojado. No pudo evitar fruncir la nariz ante eso, pero no entendía el motivo del "alboroto".

Clyven se levantó, dejando a un lado las maderas. Sentado con las piernas cruzadas estaba más indefenso que de pie y con la guardia alzada. Pero ésta última no la armó, se limitó a quedarse de pie, desnudo y ensangrentado, mirando hacia donde creía que estaba Malicia, por lo que olía.
-Lo sé. ¿Le conoces? -preguntó al animal. No sabía de qué se trataba ni si era hombre o mujer, pues todavía no le veía.

-Es su dueña -se levantó en dirección a la sombra del bosque. Sin dejar de gruñir echando las orejas hacia atrás. Bastante agresivo. Aunque no podía evitar hervir de ira, sabía que no podía hacer nada por el alma de su amiga-. Creo que viene a reclamar lo que es suyo -estaba frustrado. Quería al menos, unos minutos de paz para la joven.

Malicia enarcó una ceja bajo su máscara ante semejante bestia desnuda. Había visto a muchos varones, pero nunca tan "grandes". Aun así, guardando una sonrisa se acerco lentamente con sendas manos enlazadas en su espalda. Por su estatura, casi parecía una niña, pero sus ojos negaban todo resquicio de bondad. No podía evitar divertirse ante la escena del pequeño lobo. Pero no había venido a divertirse, solo había venido a por lo que le pertenecía. A un par de metros se detuvo observando la escena.
-Vaya... -la única palabra salió de sus labios, pérfida y susurrante, como siempre.

Clyv frunció el ceño. ¿Dueña de quién? ¿Reclamar qué? Tampoco es que supiese el pasado de la druida. No hablaban de su pasado. En realidad no habían hablado prácticamente de nada. Pero habían luchado juntos, por casualidad. Y había salvado a su hija. Motivo más que suficiente para ser importante para él. Miró hacia la figura desconocida. Arqueó la ceja un momento, para volver a fruncir el ceño después. ¿Qué era aquello? No podía saber ni si sexo, ni su edad, al estar cubierto completamente, pero sus ojos no le inspiraban confianza.
-¿Qué? -Parco en palabras, como siempre.

El animal clavó sus ojos amarillentos en la pequeña figura que se acercaba. El aire se cargó de maldad. O así lo sentía él.
-Ten cuidado -vaya que sí lo había que tener. No conocía a aquella mujer más que por los pensamientos de Ángel. Y siempre se preguntaba porque había llegado a tratar con ella. E incluso a soportar su compañía. Misterios que quedaban lejos de su entendimiento.

Malicia notaba la tensión y eso le gustaba.
-Sólo veo que la estupidez se ha cobrado la victima que venía reclamando desde hace mucho tiempo... -el tono de su voz seguía siendo igual. Se acerco unos cuantos pasos más apartando ahora los ojos del varón y clavándolos en Ángel, por un segundo una mueca de pena conquistó su rostro, pero pareció eliminarlo moviendo la cabeza. Aun con las manos en la espalda, ladeo la cabeza observando al varón-. ¿Qué ha sucedido? -sus ojos se entornaron curiosos, eso la podía. Iba cubierta por completo, y parecía situarse siempre donde no podía alcanzarla ni un mísero rayo de sol.

-Nos pusimos a jugar y se nos fue de las manos -respondió con cierto sarcasmo. Tampoco iba a ponerse a contarle su vida al primer desconocido que pasaba. Que atase los cabos como quisiera. Aunque era sencillo hacerlo. La observó en silencio, tampoco iba a preguntarle quién era y qué hacía allí.

-Como siempre, defensora de causas perdidas. Ha dado su vida por la de alguien -él sabía quién era y no valía de nada ocultar las cosas. Además mentir no serviría de nada. Seguía con las orejas hacia atrás, agresivo. Algo desafiante. Por pura naturaleza e instinto.

Malicia ladeó la cabeza hacia el otro lado estrambóticamente. Entrecerró sus ojos analizando las palabras del varón.
-¿Me decís que esto -señalo el cuerpo inerte de la Druida- se ha dejado domar al fin por un varón? -No pudo contener una risa-. Me gusta que me digan la verdad... -Dijo mientras ladeaba su cabeza hacia el otro lado lentamente-. Entendere que haya muerto por una estupidez... era lo que siempre hacia... -Dijo en un tono chirriante. Miro de reojo al lobo y pareció conforme con la respuesta. Suspiro pesadamente-. Tipico... Y ahora... ¿vais a dejar que los gusanos se la coman? -Pregunto divertida mirando al inmenso varón.

-No. Vamos a quemarla. -Con un leve arco de la mano, indicó la pira que estaba montando. Pequeña y cutre, pero suficiente para que las llamas devorasen el cuerpo de la mujer. No se movió de donde estaba, ni se cubrió, ni nada, sólo observaba a aquella pequeña mujer, manteniendo las distancias. Desconfiaba de todo el mundo porque sí.

Malicia observó la "simpleza" del varón, entendiendo y dejando de entender muchas cosas dentro de su cabeza.
-Y un Varón Lustroso como vos ¿no es capaz de conseguir más que cuatro palos? -Dijo con algo de sorna-. Era estúpida, sí, pero al menos se merece un fuego digno de prender medio bosque -Malicia mastico sus palabras, no podía evitarlo. Ignoro al lobo, no entendía como el perro estúpido después de haber padecido la estupidez de su "dueña" seguía defendiéndola.

-Necesitaría mucho tiempo para hacer una pira grande con las manos desnudas. Y no voy a ir a la ciudad a por un hacha. Así que tendrá que conformarse con eso -y a sus ojos, bastante era. El fuego era fuego, fuese más grande o más pequeño. Y ya alimentaría la hoguera con el propio cadáver.

-Irónicas palabras. Un incendio que queme medio bosque. En el entierro de una druida -con las pocas fuerzas que tenía metió el morro bajo la espalda de Ángel y luego el cuerpo. Cargando con su peso, para llevarla hacia la pira. A él le daba igual el tamaño, solo quería terminar con aquello.

Malicia negó con la cabeza, había tenido una triste vida, e iba a tener un triste final. Negó con la cabeza mientras se acerco a la "pira" improvisada. Se agacho y toco un pie desnudo de Ángel. De su mano broto un leve fuego negruzco con corazón verde que no tardo en extenderse por todo el cuerpo de la Druida. No sabía que iba a pasar con el lobo, pero ése no era su problema. Se alejó lo suficiente para que el fuego no pudiera "salpicarla" y clavo sus ojos en la escena. Sabía lo que iba a pasar y eso le gustaba, pero no le terminaba de convencer que tuviera que ser ella.

Clyven miró el extraño fuego que empezaba a extenderse por el cuerpo de la druida. Desvió los ojos a los palos que había usado para intentar encenderla. Fuego. Palos. Fuego. Palos. Se encogió de hombros. A veces la magia era útil. Aunque seguía sin gustarle. Ahora se fiaba todavía menos de aquella desconocida.

El animal emitió un ronco gruñido cuando Malicia se acercó. Éste se dejo caer sobre los palos con la druida al tiempo de que le prendían fuego. Si es que aquello se podía considerar como tal. Y cerró los ojos. Su vida estaba ligada a la de la druida. Había resistido solo para poder hablar con Clyven, algo que Ángel le había pedido desde que conoció al lobo. Sabía a lo que jugaba. Así que, tumbado junto al cuerpo de su compañera, comenzaron a arder.

Malicia contempló en silencio como el fuego empezaba a consumir la carne de Ángel, parecía que aquel extraño fuego se alimentaba de la carne. No dijo nada gracioso, y tampoco hizo ningún comentario. No solo había muerto la Druida, había muerto algo mas, que tan solo ella sabría. Por un ínfimo instante observo al lobo, y a su memoria vino el recuerdo de lobos pasados. Suspiro pesadamente.

Clyv se cruzó de brazos y observo las llamas, en silencio. Era todo lo que podía hacer ya, esperar a que se consumiese y volver a casa, limpiar los restos de sangre y olvidar.

Las llamas seguían consumiendo ambos cuerpos. Una brisa de aire arrastró un lamento que envolvía el bosque. El lobo, yacía sin vida por fin. Junto a su amiga y compañera. Aquella vida había llegado a su fin, pero aun después de muertos. La druida dudaba de que pudiese encontrar la paz que tanto ansiaba. Estaba condenada.

Malicia susurró unas pocas palabras en un idioma que creía que sólo iba a entender ella. Del fuego una débil luz se elevo. Malicia sonrió bajo su máscara y extendió sus brazos para darle la "bienvenida". Tras recogerla entre sus manos, miro de medio lado al Varón. Un leve brillo cruzo su mirada, tras unos pocas segundos observando al monstruoso hombre, empezó a caminar lentamente hacia la profundidad del bosque. Era consciente de que el cuerpo de la Druida seguía ardiendo en su espalda, pero ahora, eso, le daba igual, tan solo era un cuerpo.

Clyven observó irse a Malicia, en silencio. Intuía lo que era aquella luz que había abandonado el cuerpo de la druida. Y no sería él quien le impidiese reclamar lo que era suyo. Sabía lo que era pertenecer a alguien.
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