Camelot

Carpelton Green, la ciudad de los fantasmas.

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Carpelton Green, la ciudad de los fantasmas.

Mensaje  Nindë el Vie Nov 07, 2008 11:18 am

Aquella había sido una comarca próspera desde tiempos inmemoriales. Cercana al mar, con buenas comunicaciones y gente amable que no se metía en asuntos que no le concernían, sin embargo eso había cambiado en los últimos cinco años. No había una pauta de tiempo para que los acontecimientos que se estaban desarrollando pudieran ser predecidos con antelación, simplemente ocurrían. La gente desaparecía sin más y se la encontraba tiempo después vagando por los caminos, silenciosos con una expresión de apatía que nunca más abandonarían hasta que morían tiempo después en el mismo silencio que había acompañado su vida después de su vuelta. Tenían el pelo canoso y parecían haber envejecido años cuando a lo mejor solo habían estado ausentes unos meses o varias semanas. Incluso en una ocasión encontraron a una niña que había permanecido desaparecida tan solo una semana y cuando volvió parecía una anciana.

Nadie sabía ni por qué se fueron o se los llevaron, donde estuvieron y porqué los devolvieron en ese estado. La gente comenzó a no ir sola a ninguna parte, a no permanecer en la noche fuera de un lugar seguro y rodeado de personas, pero aun así la gente desaparecía. Al principio, si no hubiera sido porque volvían en ese estado cataléptico, nadie se hubiera percatado de que las desapariciones estaban relacionadas. No eran muchas y se distanciaban en el tiempo. Además era frecuente que la gente se embarcara para buscar fortuna al estar cerca del mar, con lo que el movimiento de personas era frecuente. Pero la verdad es que ya se contaban 15 casos y nadie parecía poder controlar aquello. Los hechos había llegado a los oídos de Calixto Telpen, señor de aquellas tierras y éste había enviado una partida de soldados para ayudar al alguacil a encontrar la causa del problema. Pero después de permanecer dos años con las pesquisas pertinente y sin resultados, los mandó volver, abalados por el hecho de que llevaban medio año sin ninguna desaparición. De eso hacía exactamente tres meses.

Ahora llegaba la fiesta de la cosecha y aunque la gente seguía con un ojo puesto en la noche y en los caminos solitarios, tenían ganas de festejar un verano de trabajo intenso y prepararse para un invierno frío y húmedo. A la aldea principal, Carpelton Green, empezaron a llegar comerciantes que comprarían el grano y que venderían sus productos en la feria que duraría una semana. En aquella feria, se aprovisionaba de víveres para el año, se intercambiaban diferentes productos, se conocían futuros esposos y esposas de otras aldeas, se encontraba diversión con los cómicos y demás feriantes y en definitiva se despedía el año. Era el primer día de feria y todo estaba engalanado y dispuesto para la gran fiesta de inauguración que se celebraría aquella misma noche en el centro de Carpelton Green.


Nota: La ambientación se desarrolla en una aldea medieval del noreste de Inglaterra . Los personajes tendrán estos roles: feriantes, aldeanos, marineros , artesanos y soldados.
Podéis elegir la profesión y llevaréis un solo personaje. La trama exigirá algún personaje adicional de relevancia que llevaré yo para hilar la historia. No habrá orden salvo necesidad sin que se adelante demasiado la acción. Si hay tres personas que se conectan con asiduidad y van contestando y una solo puede contestar un post al día, se intentará no adelantarnos mucho porque se nos quedará atrás. Si esto sucede por falta de participación, cuando se vuelva a postear intentará dar una lógica a la ausencia para no estropear la trama ejm: “Había permanecido silencioso todo ese tiempo, siguiendo a los demás …” algo así.
Se empieza de inmediato, colgar la ficha en censo y empezad. Vuestros personajes pueden estar relacionados entre si o no, como queráis. La partida estará abierta hasta que veamos que hay personajes suficientes.
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El alguacil.

Mensaje  Nindë el Vie Nov 07, 2008 11:34 am

Había un gran ajetreo en la entrada a la aldea. El aguacil Thomas Ascot permanecía apoyado en la carreta del viejo Phileas, que dormía la borrachera sin importarle que su carreta llena de paja entorpeciera el camino al resto del mundo. Era un día extrañamente caluroso, aunque aun estaban en verano, aquella zona era más propensa a traer el frío cuanto antes que a desprenderse del calor estival. Por eso sacó su pañuelo y se secó el cogote mientras resoplaba mirando al soldado Phillips.

-¿Sabes? me gusta esto, me gusta, si. Un viejo borracho, una trifulca de rameras, una pelea por celos, esas son las cosas que debo vigilar y controlar. No estoy hecho para misterios que ni siquera ese importante Capitán Shepard ha sabido resolver. Dios lo guarde mucho tiempo allá donde lo hayan destinado.

El soldado asentía a todo lo que el alguacil le decía. No tenía muchas luces, en realidad estaba en ese puesto porque no valía para nada más y era fuerte. Ser familia lejana del alguacil y que éste debía un favor hizo lo demás. Pero hasta él, podía darse cuenta que tenía razón aquel hombre orondo que rozaba ya los 50 años y que ahora vertía agua sobre el rostro del viejo Phileas. Ellos no tenían capacidad para controlar lo de las desapariciones y bien estaba que hubieran cesado ya, fuera lo que fuese. No se preocuparían en intentar averiguarlo, ahora tenían que controlar que la feria saliera perfecta, y para ello tenían que empezar por sacar al viejo borracho de en medio de la calle.
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La Espada de Dios.

Mensaje  GalanDracos el Vie Nov 07, 2008 12:10 pm

Tampoco era muy llamativo - nada fuera de lo habitual - que desembarcara, de uno de los mercantes, un viajero. Algo más destacable si era que, este hombre en concreto, luciera la túnica blanca con la cruz de ocho picos: Un caballero - en toda regla - templario.

Lord Edonard D'Aquiet di Mert, así es su nombre completo. Un hombre sociable, de inglés propio - se le nota extrangero, de Francia - y que cuya fe le ha hecho visitar, primero, la capill de la aldea.

Barba corta, cabello castaño, ojos marrones y ciertas arrugas de edad. Unos cuarenta y cinco años tiene echados a sus espaldas, una edad envidiable. Viste con la túnica templaria y una capa de viaje, blanca también, por encima. Con la cruz en la espalda, grande y roja. Y de seda, viste bien. Su forma es otro elemento a envidiar, robusto a pesar de la edad. La túnica - que no tiene mangas - expone una loriga de mallas de gran calidad, complementándose con el yelmo cónico que sujeta en una mano. Su brazo izquierdo nació para empuñar un escudo de acero, blanco con la cruz de ocho puntas, su diestra para manejar la espada de medio puño que porta colgada en la espalda y sus manos para lucir los guanteletes, austeros, que porta. Y por si aquello fuera a quedársele en poco, en su cinturón se adivina una maza y una daga.

Ha traido dos caballos - dos ejemplares corpulentos y nerviosos, córceles de batalla. Uno marrón y blanco y otro totalmente blanco - consigo y un escudero. Éste, además de ropas más plebeyas y habituales, se ocupa del resto del equipo de su Señor: Las alforgas de los caballos, las provisiones en ellas depositadas, dinero, una lanza de caballeria, un par de armas más y otro escudo más adecuado, sin contar con una armadura completa.

Este caballero, ciertamente, no es un pobre vagabundo. Es un hombre de armas en toda regla.

Con los animales en el establo y el escudero con el día libre, pasea solo. Saluda habitualmente, con gestos y amables palabras.

Y el alguacil - que reconoce su rango, tampoco debería de ser excesivamente difícil - no es una excepción. El monje guerrero alza una mano al pasar cerca de la carreta.


- Dios os libre de todo mal, buenas gentes ¿Qué nuevas presenta el pueblo? He llegado esta misma mañana y ya puedo ver que se está preparando algo. - Toma una pausa para preguntar, también. - Y por cierto, si tuviera la gracia del conocimiento, ¿Sabéis de alguna encomienda de los Pobres Caballeros de Cristo, por aquí? Y por casualidad ¿No será habitual, en algún baluarte cercano, hacer tórneos de caballería para celebrar la cocecha?


- Ninde, ya colgaré la ficha. Que la tengo escrita por ahí. Y Dios ha querido la casualidad de que fuera otro francés XDDD. Con leer lo que he puesto, ya está la ficha ahí. Lo demás no se tendría que saber por la ficha, sino por preguntarle al personaje ; ) -

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El Alguacil

Mensaje  Nindë el Vie Nov 07, 2008 12:48 pm

El aguacil se giró con la jarra aun en la mano y con la otra a modo de visera para ver quien le hablaba. Se cuadró en el mismo instante en el que el sol le dejó ver parcialmente algunos de los distintivos del caballero y que poco a poco se iban sumndo hasta dar su compelta imagen de monje guerrero.

-Bienvenido seáis a esta nuestra ciudad y que vuestras palabras sean escuchadas. Es un honor tener un caballero que defiende nuestro credo en tierras infieles.Yo soy el alguacil Thomas Ascot
Le dió un golpe con la jarra a Phillips para que la agarrara, lo que el soldado hizo sin perder un instante.

-Haz que Phileas retire esta carreta de aquí.-Se acercó al caballero, dejando la tarea a su soldado y apartando de la bochornosa situación al templario y a él mismo.-Siento deciros que los Pobres Caballeros de Cristo ven lejana esta tierra del norte y pocos pasan en realidad por aquí. Es más al sur en Hebriltow donde se que se han reunido cuando han marchado a tierras sarracenas. esta es aldea de poco valor y digamos que estamos algo apartado de importantes encomiendas.
Había camindao hacia el interior de la población, alejándose de la entrada para caminar paseando con aquel noble caballero que había honrado con su presencia aquella humilde aldea. Ahora estaban junto a la casa de Betty la roja, una viuda que se valía en el campo como si fuera un hombre y que ahora salía saludando con un cabeceo.

-Sobre torneos... solo competencias de espada que más sirven para banagloriarse delante de las muchachas que para mostrar verdaderas aptitudes para las armas. Aun así, sirven de entretenimiento a esta nuestra feria de otoño. Pero decidme ¿ que os ha traido a este lugar tan recóndito y alejado del mundo?
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Militia Christi.

Mensaje  GalanDracos el Vie Nov 07, 2008 1:17 pm

El templario escucha con atención, erguido. Las ropas blancas se muestran oscuras, sucias, por los bajos por tierra y polvo, y el resto ha perdido lo impoluto. Ha de ser veterano viajero, y haber estado lejos de su Orden durante meses. Con el yelmo apoyado en el costado, bajo el brazo, y el brazo libre lacio, sonríe antes de replicarle.

- Por desgracia los tiempos que vivimos obligó al Temple tomar la pionera y necesaria - y santificada - función de tomar las armas que Cristo aborrecía para protegerle a él y a sus discípulos. Dios, loado sea, evite que deba acarrear esa secundaría función que se me ha designado. - Siendo la primaria, por supuesto, la de monje.

Camina a su lado con pasos largos y lentos, solemne y con cierta parsimonia que ofrece cierto aura de tranquilidad. Además, su sencilla presencia promete protección, tan armado y, por lo que parece, bondadoso.


- Ahh... Hebriltow. Muchas gracías. Vine aquí sin conocimiento y sin ninguna ayuda cartográfica.

Queda meditando un tanto ¿A tierras sarracenas? Vaya... Quizás el Temple haya perdido alguna otra fortaleza allí, en la Santa Tierra. Mientras el Krak de los Caballeros siga en pie, su presencia nunca abandonará la sagrada tierra. El Santo Sepulcro necesita protección, y que pudiera haber problemas allí, le preocupa en sobremanera. Devuelve el saludo a la mujer "Vive Dios, protector y guía de toda vida".

Aunque lo que realmente provoca la expresión severa, seria, en el rostro barbado es la pregunta del alguacil, su última aportación. Se mesa la barba, como si dudara al responder. Sí hacerlo o no.


- Qué me trae... Eh... Nuestro Señor me ha traido. - Afirma, con cierto destello fanático en los ojos. No en balde los árabes tienen a los templarios y hospitalarios por locos. - He... sufrido de sueños y pesadillas durante dos meses. He pasado largos períodos de penitencia y meditación. Finalmente el Priore decidió que marchara a buscar el origen de mi mal. - Dirige una ojeada, como buscando reconforte, hacía dónde estaba la capilla. - Y en mi peregrinación descubrí que ese mal tiene el origen en el Diablo. - Ahora sí que su expresión es grave contundente en su afirmación siguiente aunque no alce la voz, por temor.

- Y el Diablo está por estas tierras. Vengo a combatirlo.

Eso si, bien puede estar loco o realmente haber sufrido, de verdad, una experiencia religiosa y tener una "Divina misión".

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Arnold Grey

Mensaje  Invitado el Vie Nov 07, 2008 2:44 pm

Arnold se hallaba en la feria acompañando a su padre. Es un joven de no más de 13 años y ansia salir de aventuras y vivir las historias que cuentan los marineros en las tabernas de Carpelton.

Como siempre que va a la ciudad, se ha escabullido para ir al puerto, ha presenciado la maniobra de atraque del navio que trae al templario y al verlo bajar ataviado con lo que se le antojan ricos ropajes, las armas, el emblema y acompañado de lo que parece un criado decide seguirlo pensando que es un marques o un príncipe. Pretende abordarlo para ofrecerle sus servicios y partir con el de aventuras.

Mientras el templario camina con el alguacil Arnold se aproxima a su escudero y llama su atención.

-Debe ser fascinate servira un príncipe como tu amo, ¿Habeis vivido muchas aventuras juntos?, ¿Crees que me aceptará como ayudante?, ya he cumplido los 16- miente para aparentar ser más apto- y mi padre siempre me está diciendo que me busque algo que hacer.

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El Alguacil

Mensaje  Nindë el Vie Nov 07, 2008 4:04 pm

En el reino de los ciegos los tuertos son reyes y eso era lo que Thomas Ascot era precisamente, un tuerto entre ciegos. Sabía algunas cosas de algunas cosas y eso le hacía ser importante en su ignorante sapiencia. Así que el ir caminando con un templario en una conversación que pocos podían oir pero que se les debía antojar de relevancia, era el mejor de los manjares para su ego. Había quedado como un lerdo con aquello de las desapariciones y aunque la intervención de esferas mayores hubieran arrojado los mismos resultados no le habían quitado ese Sanbenito de encima. Caminaba tan hechido de orgullo que casi le crujían los huesos al hacerlo. Sonrió al joven Grey que se dirigía al escudero del templario el cual le contestó algunas palabras, cosas de muchachos sin duda. Cuando la conversación terminó en un "El diablo anda por estas tierras, vengo a combatirlo" se le cerró el hueco de la garganta. Había rezado porque hubiera intervenido alguna autoridad de la iglesia, pero Calixto se había cuidado de que aquello no ocurriera, procurando el silencio sobre aquel tema para manejarlo a su manera. No eran tierras herejes aquellas, pero había muchos resquicios de las antiguas creencias celtas por allí y dejar que se resolvieran a manos de los seguidores del muerto en la cruz no era algo que le atrajera. Habían recorrido un tramo de la calle y no distaba mucho la taberna la cual pareció llamarle a gritos para remojar lo que la saliba no daba abasto en humedecer. Además lo que antes era deleite para el viejo alguacil, el público que presenciaba de lejos la conversación, ahora le era bastante molesto y la taberna, a esas horas no tendría muchos parroquianos a los que servir.

-Confieso que no estáisi falto de razón, pero no es palabrería esto de lo que tratamos y será mejor que entremos en la taberna donde los pocos oídos que hay están bañados en vino y no distinquen esto de lo otro.

Volvió a mirar a su alrededor, terminando el recorrido en el joven Arnold Grey, el cual parecía bastante interesado en aquel caballero y en su escudero. Conociendo de sus imaginaciones y propensión a las aventuras, bien podían guardarse de aquellos oídos alertas.

El resto del mundo parecía que siguiera su curso sin que aquella conversación que estaba a punto de suceder en la taberna tuviera ninguna importancia. Pero el halo de la curiosidad se había quedado en aquel lugar como un hilo de araña se prende en una rama en primavera y aquellos con el corazón y la mente inquietas no tardarían en seguir el rastro hasta el alguacil y el templario.

Off rol: vamos Misterioso, que yo que tu me cuelo en la taberna y alcahueteo XD
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Lego y Espada.

Mensaje  GalanDracos el Sáb Nov 08, 2008 2:48 pm

El escudero es un joven de unos veinticuatro años, moreno de tez y cabellos. Su origen ha de ser español - tanto por las facciones como por el acento, éste apenas habla inglés - y por su edad seguramente le falte poco para ser nombrado, él mismo, caballero. Y es que ha de ser de buena casta - algún duque terrateniente, por ejemplo - para haber viajado tan lejos al servicio del templario.

Hay que entender al chico como un lego, un fraile, al servicio de la Iglesia sin estar totalmente ligado a ella, sin votos. Eso quiere decir que tiene cierta educación, como saber leer y escribir, y es muy probable - es cierto en realidad - que el caballero no sepa leer, pero su escudero sí. Así pues sus servicios son bastante claros, si se deduce todo aquello; cuida de los caballos, la armadura de su señor, hace los trabajos intelectuales y aprende a ser un caballero defensor de la Iglesia.

No viste hábito, sino un sencillo jubón y un par de bolsas en el cinto, además de una daga. Después de alojar en un establo a los caballos, es cuando le asalta el chaval.

El escudero, que no nos ha dicho su nombre, suspira intentando internarse en la viva aldea.


- No es un príncipe, y no es fascinante. Es sacrificado, duro y las tareas de un siervo son sofisticadas. Deberías ir con tu padre a ayudarle con el campo para que pueda vender lo mejor que haya cultivado en la feria. - Los modales no son malos, pero se le ve impaciente por dejarle y disfrutar de su día libre de tareas. Entonces sonríe, al iluminarsele una idea. - Y seguro que necesita otro escudero, ve a preguntarle. No sé donde estará, pero es llamativo. - "A ver si así me deja en paz. Huy, pero que tet...". Ya se ha distraido mirando un grupo de jovenzuelas que están preparando una parada.

Edonard es hombre viajero, y eso enriquece. Además, su implicación con el Temple le mantiene con cierta información, normalmente atrasada, pero segura sobre el mundo. Por lo tanto no es ignorante, y eso sí; suele desconfiar de las gentes. No de ellas, sino de su criterio y sus formas de pensar. Bastante grave, y no muy seguro de la privacidad, sigue al alguacil en silencio ahora, examinando el local y una vez dentro, a sus gentes.

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El Alguacil

Mensaje  Nindë el Dom Nov 09, 2008 10:58 am

El lugar era un sitio curioso. Sin ser una taberna de puerto, tenía varios objetos de barcos, naufragios a todas luces, con inscripciones en trozos de madera debajo con el nombre del barco en cuestión. Las ventanas estaban abiertas y el sol entraba a raudales por ellas, dejando franjas de luz en el suelo de tierra y paja compactas. En el interior un par de hombres que ya se levantaban y el tabernero, un tipo rubio medio calvo que limpiaba la barra con un paño húmedo. Levantó la vista mientras el alguacil se acercaba hasta él.

-Alguacil Ascot, veo que traéis compañía, eso está bien, esta mañana la gente anda preocupada con la feria y no tengo mucho trabajo. Solo el viejo Phileas, que ya venía medio borracho y que con solo un vaso de vino casi se cae de espaldas, por cierto que debería hablar con él porque…

-Si, si Harold, está bien, dejaremos eso para más tarde ahora ponme una buena jarra de cerveza y dos vasos, yo mismo lo llevaré a la mesa y cierra la puerta durante un rato.

El tabernero, que era hombre de conversaciones largas y sin sentido guardó silencio. Más aun al ver el estado del alguacil, con la frente perlada y casi sin color que se afanaba por limpiar con el pañuelo que llevaba en el chaleco. Hizo lo que se le pidió y se adentró en la trastienda para atender a sus propios asuntos. El Alguacil buscó la mesa más apartada y cerró las ventanas cercanas, quedando el recinto en una penumbra artificial. Se sentó y se exprimió la boca y la barba, como si con ello pudiera eliminar no sólo los restos del primer trago que dio a la cerveza, sino también las palabras inconvenientes que restaran importancia a la conversación.

-Debo deciros señor, que yo también pienso que el diablo campa a sus anchas por aquí. La cuestión es que hace unos cinco años, empezaron a suceder unas desapariciones que no obedecían ni en tiempo ni en lugares las unas a las otras. Con distintos periodos de tiempo aparecían las personas en un estado de ausencia, como envejecidas, silenciosas hasta que perdían la vida no mucho después y esa es la única relación que encontramos en ellas. Algo malo estaba sucediendo, si señor muy malo.- ese muy malo lo arrastró con el típico acento norteño con lo que sonó muuuuy malou. Tomó otro trago para proporcionarse cierto reconfort y seguir hablando.-El caso es que ya habíamos buscado algún animal o algo que pudiera ser el causante y finalmente nuestro señor Calixto envió una comisión especial, milicia que solucionaría la historia, pero nada. Hace tres meses que no sucede nada nuevo, nadie desaparece y la comisión ya no está desde algo de tiempo más atrás, por la misma razón. Se hicieron cacerías, se buscaron pistas, pero si os digo la verdad, desde el momento en el que llegaron, nos apartaron a mi,a Phillips y a otros dos de mis soldados de toda la investigación. Más aun cuando sugerimos que desde la abadía de Hebriltown nos fuera ofrecida la ayuda de Dios. Esto no fue del agrado del capitán Shepard, que nos indicó que cualquier decisión que se tuviera que hacer la haría él bajo mandato de nuestro señor Calixto. Quizá el mal que nos acechó este tiempo atrás , nos haya abandonado definitivamente para buscar almas en otros lugares, pero…-Se acercó más en confidencia al templario, como si ya no estuviera suficientemente así- Ya que estáis vos aquí, podríais ver si realmente es así mi señor…-En ese momento se dio cuenta de que ni siquiera había preguntado su nombre. Estaba tan deseoso de encontrar una solución a lo de las desapariciones que pensar en que la mano de Dios debía intervenir y la aparición del templario, fueron suficientes para contar lo que llevaba dentro y no le dejaba dormir.-¿Cuál es vuestra gracia?
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Patrice

Mensaje  Ivorwen el Lun Nov 10, 2008 9:14 am

*La muchacha había recorrido sin aliento casi medio poblado buscando al aguacil por orden de su madre. Habia salido tan aprisa que no recogio la capa pero aún así no sentía frio alguno por la caminata rápida que llevaba rato teniendo. Los comerciantes le ofrecian productos que ni paraba a mirar. El asunto era serio. Al pasar por el mercado Patrice vió la taberna y luego al Sol. Aun estaba alto para que hubiese ido a la taberna pero como no lo encontraba por ningún lado no perdía nada por intentarlo.

Al entrar recorrió la sala con la mirada rapidamente y reconoció a casi todos los presentes y allí en la mesa del fondo cerca de la barra de Harold al que saludó con la mano sin demasiado interés. Se acercó a la mesa y con una pequeña reverencia agitada comenzó a tartamudear por su entrecortado aliento.

- Saludos y disculpenme vuestras mercedes. Señor Ascot,me... envía mi señora madre... han aparecido otras dos... una madre y una niña... la madre esta como petrificada... la niña respira con dificultad pero reacciona a los estimulos... mi madre esta con ellas. Son la esposa y la hija del herrero mi señor. El está muy afectado. - Se apoya en la mesa exausta y respira ya con más tranquilidad.Observando a sus acompañantes.

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Arnold Grey

Mensaje  Invitado el Lun Nov 10, 2008 9:47 am

Sale en busca del templario con la esperanza pintada en su rostro. Por el camino va ensallando frases e imaginando como será la vida de aventurero. Es facil seguirles la pista pues al ir charlando con el alguacil su paso es lento y el templario es una persona que no pasa desapercibida. Cuando llega a la taberna se para para coger aliento y entra.

Al entrar ve el revuelo que empieza a fiormarse entorno a la mesa donde se hallan sentados, puesto que las palabras de la muchacha no han pasado desapercibidas a los oidos atentos.

Arnold trayta de llegar junto al templario.

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Malleus Maleficarum

Mensaje  GalanDracos el Miér Nov 12, 2008 1:05 pm

- Edonard D'Aquiet Di Mert. - La expresión severa del "Pobre Caballero de Cristo" es reflejo de su tono, grave y meditabumdo. Sentado en dicha mesa con el alguacil - que por mucho que lo intente no consigue asimilar su nombre - y habiendo aceptado la bebida, cerveza, por cortesia, ha estado escuchando con atención y se habrá santiguado al menos en dos ocasiones según el relato adquiria tonos más... sombrios.

- Dios nos concediera un San Francisco de Asís... - Murmura aún a solas con el hombre. - La Iglesia... ¿No se ha interesado, ni el capellán? He visitado la pequeña capilla, pero no vi a ningún sacerdote; ¿No habrá sido, también...? - Corta ahí, rozando lo tembloroso. Roza, como en una caricia, el yelmo cónico que ha dejado sobre la mesa, dirigiendo la vista hacía la insinuada cruz implicita en el casco. Luego alza los ojos hasta el alguacil. - Quiero hablar con un eclesiástico local, quien sea, y requeriré dos mensajeros. - No puede evitar cierto tono autoritario de quién está acostumbrado al mando, a administrar tierras y gentes ¿A dirigir batallas? - Uno para el obispo de la zona, y otro para el Temple. El Santo Padre merece conocer está situación, quién mejor para opinar sobre como actuar; Pero el tiempo de viaje y de respuesta será prolongado. Pero, sin embargo, mis compañeros quizás sí reaccionaran más rápidos como brazo armado de Cristo que son... - Está divagando un tanto.

Termina centrándose de nuevo en la conversación inmediata, en todo lo respecto a él y a la villa. En esto esta cuando una villana les interrumpe con una noticia catastrófica, mal presagio; la de dos afectados más. No necesita más para ponerse en pie repentinamente, recogiendo su casco y palmeándose la espada bastarda de la espalda, asegurándose de seguir con ella. Después se asegura de que la maza - un lucero del alba - y la daga de su cinto no han sido extraviados, tampoco. Después de susurrar una oración a Dios, declara en voz alta.


- Chiquilla, recupera el aliento y guiános. - Mira de reojo al alguacil. Parece seguro de si mismo, solemne y sosegado. Realmente está nervioso y comienzan a asaltarle dudas y miedos, pero un soldado no ha nacido para exteriorizarse. Además, y esto le reconforta y clarifica sus ideas y objetivos; El Señor le ha enviado para luchar contra este Mal, sea cual sea su origen. Si ha de morir, como otros tantos enfermos, lo hará; pero antes habrá luchado contra el Diablo.

Siendo Edonard, el templario, quién les apremia a ambos para salir incluye por error a Arnold por entremezclarse entre ellos. No le presta atención alguna, de hecho ni siquiera al alguacil o la hija de la curandera; Ahora sólo se centra en salir fuera y después encontrar la forma de acudir a ver a los "corrompidos por el Angel Caido". Una vez en el exterior tendrá que controlar su propio fanatismo para recordar que la realidad requiere los sentidos despiertos y no emponzoñados por una sola idea, por justa o benefactora que sea.

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El Alguacil

Mensaje  Nindë el Miér Nov 12, 2008 4:49 pm

Parecía que se le hubiera quitado el peso de mil montañas del pecho cuando terminó de hablar. Sin duda, las primeras palabras del templario antes de que fueran interrumpidos de manera tan catastrófica. Las ideas de Edonard, sin duda, eran las propias de alguien que sabía manejar situaciones con resolución más que efectiva. Ya había pensado en hablar con las autoridades eclesiásticas pero el cerco que el Señor Calixto había levantado en torno a ese asunto había impedido que cualquier noticia por vaga que fuera, llegara a oídos de esferas más elevadas y a lugares donde esas esferas tenían más poder que en aquel remoto rincón del norte, donde aun persistía la cultura ancestral.

Casi vierte las jarras con la tripa cuando se levantó para atender la triste nueva. Sabía que la mujer y la hija del herrero habían marchado para ver a unos parientes, pero ahora y al tiempo que el mismo herrero, podía verificar que durante todo este tiempo habían permanecido desaparecidas. Sin duda un mazazo para el herrero y para el pueblo entero que ya había dejado atrás tan desgraciados acontecimientos.La voz cantante como era de esperar la tenía el templario y a él siguió hasta la puerta.

- Hay que reunir al pueblo y comunicar esta noticias. Debemos tomar medidas. La población aumentará estos días, no quiero ni pensar que puede pasar si se corre el rumor o peor aun , si las desapariciones se multiplican ¡¡Philiph!!.

El alguacil gritó a su subordinado que ya había despejado la calle de la carreta del viejo Phileas. Pr el semblante del alguacil Ascot, el muchacho pensaría que debía haberse anunciado el apocalipsis.


Última edición por Nindë el Vie Nov 14, 2008 4:23 pm, editado 1 vez
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Grey

Mensaje  Invitado el Jue Nov 13, 2008 8:09 am

Arnold intenta abordar al templario cuando pasa a su lado pero no logra hacerse notar así que los sigue. Puesto que es un tipo curioso se acerca a Patrice con el fin de enterase bien de lo sucedido.

- ¿Has visto bien a los fantasmas del bosque?, ¿Los has visto?. Porque mi padre dice que los que vuelven ya no son personas que son fantasmas de las personas que fueron, anque yo no creo en fantasmas eh, que eso son cosas de niños.

Está asustado y no puede evitar un tono nervioso en su voz. En realidad si cree que son fantasmas y le asusta, a la vez que le lla, la idea de verlos de cerca.

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Re: Carpelton Green, la ciudad de los fantasmas.

Mensaje  Ivorwen el Vie Nov 14, 2008 12:15 pm

*Patrice miró condescendiente al muchacho mientras era seguida por los otros dos hasta la casa donde su madre proporcionaba cuidados a las afectadas. El camino era más liviano, no en sentido literal pues ahora era cuesta arriba la calle; pero la carga interior de la mala nueva ya la había soltado. Fue un cuervo negro más que una paloma otra vez.

- No... no creas lo que dicen. No son fantasmas. Me parece desacertado que tu padre te meta esas tonterias en la cabeza tan joven... no me extraña que todos seais tan supersticiosos. Están enfermas ¿comprendes? han perdido la razon y noción del tiempo. Acompañame y las verás. No quiero que haya mas inutiles e incultos en este pueblo -- lo tomó del brazo algo tosca y se apresuró a subir el último tramo de la calle. Le había dado la explicación que su razonada y ordenada cabeza le decía. Su madre tenía otra opinión. Ella la negaba con rotundidad.

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En nombre del Padre...

Mensaje  GalanDracos el Vie Nov 14, 2008 1:14 pm

Almenos el caballero, concordando con el título, se santiguó ante la discusión de fantasmas. No intervinó, pues a Edonard le preocupa más que el alguacil provoque un tumulto o expanda el pánico por, la hasta ahora, festiva aldea.

- ¡Maese, piense con atenlación! Si expande la noticia a los cuatro vientos, causará un miedo y una intranquilidad que podrían ser innecesarias si vemos qué ha ocurrido y si desterramos el demonio. - Afirma de forma sentenciadora, seguro de que proceder han de seguir. Liderazgo innato.

Aunque dejándole unos momentos para conversar y organizarse con su acompañante, el templario no detiene su camino. Agitado y continuamente revisando sus armas y rezando entre dientes, se aproxima a los dos jóvenes.


- Los fantasmas no existen, olvidar esas fábulas. - Interiormente, eso está dirigido a si mismo. Edonard se palmea la cruz de su pecho, tanteando la cota de mallas y el cuero bajo ella. - ¿Quiénes sois? No debéis implicaros en tareas de... - Echa una ojeada al alguacil. - ...de mayores.

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El Alguacil

Mensaje  Nindë el Vie Nov 14, 2008 4:38 pm

Se sacó una vez más el pañuelo del bolsillo y con el recogió el fruto de su alterado estado. Miles de perlas empaparon el tejido dejando la frente de nuevo seca y lista para que un nuevo sobresalto la volviese a perlar. El templario tenía razón, se podría levantar tal tumulto que lo de menos sería el daño que los “fantasmas” que nombraban los muchachos, pudieran hacer en la aldea. También se santiguó cuando Edonard lo hizo, acorde con los modales del templario, al cual le estaba cogiendo un afecto que iba más allá de la amistad y que rayaba en la necesidad de un guía presto a la solución efectiva de los problemas. Philliph había dado una trayectoria a su camino para encontrarse con ellos pues no seguían la dirección de la calle principal y en su camino saludó a Victoria con un cabeceo algo frío. Había intentado desposarla en dos ocasiones y en las dos ella le había dado calabazas. Ahora sentía hasta cierto rencor por esa mujer más tozuda que una mula, pero no perdería sus modales de ayudante del alguacil.

Cuando llegó hasta la comitiva que dirigía sus acelerados pasos hasta la casa de la curandera, el alguacil le habló bajo mientras el templario se dirigía a los muchachos. Philliph no se percató de que Victoria le seguía, primero de forma casual pues llevaban la misma dirección y después más intencionalmente al darse cuenta de que el alguacil iba seguido por un extraño caballero, el chico de Grey y la hija de la curandera.
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Victoria Nelly

Mensaje  Nindë el Vie Nov 14, 2008 4:40 pm

Victoria había llegado a la aldea con una partida de pieles. Las había curado para que estuvieran listas en la feria. Sacaría una buena suma si hacía buenos tratos y eso esperaba desde luego. Cuando vio pasar a Philliph, también saludó con cortesía, como lo haría con cualquier otro y se dio cuenta que Philliph lo hacía casi con obligatoriedad. Sin duda no le habría perdonado el rechazo, pero tampoco era una cosa que le robara el sueño. Pensaba en llegar hasta la herrería donde le afilaran los cuchillos que utilizaba para sacar las pieles y por desgracia era el mismo camino que llevaba Philliph. Sin embargo, aunque había pensado en entretenerse para que él no pensar que lo seguía, no hizo falta, pues el soldado había acelerado tanto el paso que se tropezó en dos ocasiones con las piedras que cubrían aquella zona, maldiciendo y escupiendo al suelo por ello. Cuando iba a entrar en la herrería, vio al extraño acompañante del alguacil y a dos muchachos, Patrice y Arnold. La cara del alguacil Ascot y el cuchicheo que se traía con Philliph, además de la compañía que todos formaban era algo sobradamente extraño, pero no era de su incumbencia y quería terminar con lo de los cuchillos cuanto antes. Llamó a la puerta pero estaba abierta y sin nadie que atendiera.

-¿Eric? , ¿estás aquí?. Tengo unos cuchillos para que me los prepares un poco…¿Eric?.

No había nadie salvo ella en aquel lugar, así que se asomó afuera para ver si encontraba a l herrero.
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Patrice de Makalar

Mensaje  Ivorwen el Dom Nov 16, 2008 7:05 pm

*Patrice condujo a la comitiva hasta una casita baja y amplia al final de una de las calles. Era modesta y austera pero impoluta. Cosa poco corriente por la zona pero más que buena para los enfermos que allí yacían hasta su mejoría. Pocas paredes delimitaban las habitaciónes aparte de las cocinas y las habitaciones de Patrice y su madre el resto era como un enorme salon lleno de camas y armaritos con cientos y cientos de botes de hierbas y preparados de su madre.

- Bien, entremos. Espero la imagen de las dos mujeres no dañe su sensibilidad. No estan heridas... pero su color es blanquecino casi amarillento... apenas articulan sonido y su mirada está... vacia. No hagan ruido por favor el resto de los enfermos no tiene porque ser alertado ni molestado. - empujó la puerta con suma cautela y los invitó a pasar.
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Grey

Mensaje  Invitado el Lun Nov 17, 2008 2:31 pm

Arnold se cuela entre los presente para poder ver mejor a las convalecientes y al hacerlo no puede evitar una exclamación de sorpresa, asombro y terror todo en uno. De la impresión sale corriendo y tropieza con una roca cayendo al suelo. Allí se hace un ovillo y llora de pánico.

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Victoria Nelly

Mensaje  Nindë el Lun Nov 17, 2008 4:22 pm

No había nadie, de eso estaba más que segura. Había buscado en la trasera del taller, incluso en la casa contigua que hacía de vivienda. Una costrucción que siempre estaba pulcramente adecentada, con olor a pan recien hecho y flores en un vaso sobre la mesa. Desde que la esposa de Eric marchara a ver a unos familiares, no presentaba el mismo aspecto pero no dejaba de ser un lugar acogedor. Salió fuera, colocando una mano a modo de visera para poder otear algo que le indicara donde podría encontrar al herrero. Resopló al no ver nada más que gente con sus actividades cotidianas y...¿Arnold? si, era el chico de Grey el que salía ahora corriendo de la casa de la curandera y parecía asustado. Cuando llegó a él, el chico había dado con sus aterrorizados huesos en el suelo y lo abrazó contra si para tranquilizarlo.

-Arnold, ¿pero que te ocurre? parece que hubieras visto un fantasma muchacho..

Acarició su pelo mientras instintivamente, lo balanceaba con suavidad, expresando su compañía y protección mediante un shhh somero y trémulo. Habría sido una buena madre.
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El Alguacil

Mensaje  Nindë el Lun Nov 17, 2008 4:30 pm

-Santo Dios bendito.

El alguacil, se santiguó de inmediato.No se topaba por primera vez con unos "regresados" como les habían nombrado ya en el pueblo, pues cuando a algo se le da un nombre, pierde ese halo de misterio y terror que envolvía todo aquel asunto. Sin embargo, nombrar a los que volvían de su experiencia con sabría Dios qué,mediante un nombre mundano, terrenal y simple, no lo hacía menos implacable y allí tenía el ejemplo. Una madre y una hija pequeña. No respetaba ni a una inocente criatura.

Sacó su arrugado pañuelo del bolsillo para secarse la frente, perlada de nuevo de un sudor frío que anunciaba otra pesada carga para el pueblo de Carpelton Green.

-Señor Edonard, Dios nos ha abandonado y estamos a merced del demonio.

El ayudante Philliph se había quedado blanco al ver a las dos regresadas, pensando que podría ser él el siguiente, o Patrice que estaba a su lado o Arnold que había salido precipitadamente de la casa dejando la puerta abierta y un corredor de esporas de margaritas silvestres que se apostaban a la entrada.
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La voz de Claraval.

Mensaje  GalanDracos el Lun Nov 17, 2008 5:54 pm

Lord Edonard, que también ha pasado dentro, aparta el hombro para no golpear a Arnold al salir. El caballero permanece mudo, solemne, en pie ante las enfermas, las diabolizadas. Ojea al alguacil, negando con un cabeceo, y finalmente a Patrice.

- ¿Y tú madre? Querremos hablar con ella. Y ve fuera con el chico, que no haga ninguna idiotez y vaya a su casa. - No le tiembla la voz, sorprendentemente. Pero no se acerca a la familia del herrero. Pero le tiembla el pulso, y se le pueden ver los puños fuertemente apretados.

El templario empezó a actuar de forma parsimoniosa, sin prisa. Primero se colocó el yelmo, limitando su visión y respiración a la simple rendija del cónico casco. Se anudó bien los guanteletes y acaricia la cruz de ocho puntas de su pecho. Finalmente echo manó a la espada bastarda de su espalda, sacándola de la vaina con el leve ruido del acero frotando contra el cuero. Mantuvo el arma en alto con ambas manos.

Un acero magnífico, brillante ante la luz del Sol que pudiera reflejarse en la hoja penetrando desde las ventanas y la puerta, mostrando inscripciones piadosas y textos del Nuevo Testamento en su hoja.


- Es caballero sin miedo y sin reproche quien protege su alma con la armadura de la fe, igual que cubre su cuerpo con la cota de matalla. - Recita seneramente, en voz alta. - Son palabras de San Bernardo, creador de la regla de mi orden. Aplicaoslas, alguacil, pues nada ha de hacer el Angel Caído ante la fe de los seguidores de Dios. Salid todos, voy a librar a estas dos personas de su mal, por la gracia de Dios. - En otras palabras, matará a las enfermas. Para esta decisión no ha esperado a la curandera madre, ni tiene en cuenta cualquier esperanza sobre reanimación. El demonio ha de combatirse de la forma más eficaz posible. Y es un trato que espera que se tenga con él mismo en caso de caer... convaleciente también.

Espera pacientemente, totalmente inmovil, a que cumplan la orden y abandonen la estancia.

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El Alguacil

Mensaje  Nindë el Mar Nov 18, 2008 5:12 pm

-Pero caballero, como tal cosa decís que hagamos. Que proceder cruel es este que pretendéis.

El Alguacil había visto la determinación en los ojos del templario, poco conocía de las costumbres del continente, de la orden de San Bernardo o de la iglesia cristiana más antigua. Aquellas mujeres pertenecían a su comunidad y era su deber protegerlas del mal que aun no habían sufrido, puesto que el que hecho estaba así había de quedar.

-Nunca se oyó que ningún regresado provocara altercado o ataque alguno a las personas de esta aldea, mueren solos sin que nadie pueda ni evitarlo ni ayudarlos a ello. No vertáis la sangre de estas criaturas y manchéis innecesariamente vuestra firme espada Sir Edonard.

El Alguacil casi suplicaba al hablar, Philliph no lo había visto así nunca. Una mezcla de miedo, de impotencia y de incertidumbre velaban la mirada del alguacil Ascot que apenas podía elevar una mano trémula y fría apoyando sus atropelladas palabras.
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Exorcismo.

Mensaje  GalanDracos el Mar Nov 18, 2008 5:50 pm

La respuesta del caballero es tan firme ahora como sus sangrientas intenciones. La voz ahora adquiere unos tintes metálicos provocados por el casco, un tanto intimidante.

- El demonio está en ellas ¿Acaso no lo veis? Dejarles morir por si solas es darle al Maligno motivo de jorgorio. Es prolongar su agonía ¡Abandonad la estancia!

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Re: Carpelton Green, la ciudad de los fantasmas.

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