Camelot

Twin Falls. Agosto de 1868.

Ir abajo

Twin Falls. Agosto de 1868.

Mensaje  Pallas_Atenea el Jue Ago 01, 2013 2:17 pm

Primero de agosto. Estaba siendo un verano complicado en muchos aspectos. El calor, las escasas lluvias de los últimos meses, que no les harían pasar necesidad, pero sí que habían propiciado que el ambiente estuviese más caldeado... Y la noticia que era la comidilla de Twin Falls desde hacía algo más de dos semanas: el asalto al banco y el asesinato del sheriff.
Como suele ocurrir en estos casos, lo menos afectado -aparentemente- era el saloon, pues todo el mundo se permitía la copa o la partida de cartas. Para pasar el trago, decían unos. Para ahogar la pena, alegaban otros. Los menos, eran sinceros y reconocían que lo que les llevaba al Saloon Dalton era su propia voluntad. Minerva, la dueña, estaba tras la barra, con un periódico atrasado delante, releyendo otra vez la noticia. Se la sabía casi de memoria, pero no importaba. Tenia que estar al día de todo. Y no porque fuera cotilla en sí misma, que también, sino porque su local era el epicentro de múltiples rumores y necesitaba tener claro en cuáles podía creer. Paseó los ojos por el saloon. La mayoría de mesas estaban vacías, pero todavía era muy temprano.

No era algo habitual ver a los dos hermanos O'Shaughnessy a la misma hora divirtiéndose en el saloon, y aquella no era la excepción. Setanta aprovechaba la larga hora del almuerzo -privilegio que se había ganado desplumando a Hans Zelman, su jefe, en una partida de dados- yendo a hacer lo que más le gustaba: apostar. Y era bien conocida esa afición, por lo que a nadie le extrañaba que liderase el único grupo de malolientes trabajadores en un "sangriento" -y altamente beneficioso- juego de póker. Estaba bien repantigado en la silla, apoyada ésta solo sobre las dos paras traseras, y contemplaba sus cartas con desgana, un masticado palillo entre los dientes. Podría parecer relajado, pero para quien lo conociese -y en esa sala sólo había una persona que lo hacía-, podría darse cuenta que tenía la cabeza bien ocupada, así como sus cinco sentidos. Echaba miradas rapidísimas a los lados, observando los movimientos sutiles de Minerva al leer el periódico, uno de los barman secando vasos, y las bailarinas, en el fondo de la sala y subidas en el escenario, riéndose mientras ensayaban algo. El pianista aprovechaba que no lo miraban para dar tragos disimulados a su petaca y...
-Devuelve la carta al montón, Dave -en un movimiento que nadie había previsto, Set había sacado su cuchillo de la bota -tenía uno de los pies apoyado en el travesaño de la silla de al lado- y lo había clavado en la tierna madera de la mesa, atravesando el viejo tapete verde-. Así es, buen chico -el arma volvió a su sitio, y aprovechó para guiñarle un ojo a la dueña con toda la gracia que era capaz de sacar. No le servía estar a malas con ella, ni tampoco armar la gresca.

"Sé un hombre".
La orden resonaba con fuerza dentro de su cabeza e identificaba la voz. Era la de su padre, aunque no estaba a su lado para pronunciar aquellas palabras. Saltaban a su recuerdo, sobre todo cada vez que deambulaba cerca del saloon. El joven señor Atwood no era un miembro regular ni irregular: sencillamente no pisaba aquel antro de alcohol, mujeres y apuestas, vicio en definitiva.
La sordidez de sus vecinos le resultaba un tanto angustiosa y muy ajena a sus inquietudes. Sin embargo, su manera de ser no pasaba inadvertida y ya había oído algún comentario jocoso a su costa que a él, para variar, no le hacía ninguna gracia. Si dejaba que pusieran en duda su virilidad, tarde o temprano se convertiría en un problema más serio.
"Sé un hombre, Jonathan."
Esta vez lo repitió él. El corazón bombeaba con fuerza y tenía miedo de que alguien más lo pudiera escuchar. Se mareó un poco al rozar la madera de la puerta e hizo el amago de volver sobre sus propios pasos, pero no podía ni debía. No conocía otro lugar que no fuera Twin Falls para vivir y si iba a quedarse allí tendría que ser, de una vez por todas, como ellos. Empujó las puertas haciendo un acopio de valor y dio un paso -dos, para que no le golpearan las hojas- al frente.
-Buenas tardes -saludó en general, sin titubeos, aunque inmediatamente se sintió ridículo por haber lanzado un saludo a personas que le ignorarían por estar centrada en sus actividades.
Jonathan no sabía si acercarse a la barra o quedarse en una mesa. Apostó por lo primero y como un autómata se fue acercando. No miró a nadie en particular. No sería capaz de soportar un par de ojos escrutadores.

Apenas hubo un leve indicio de jaleo en la mesa que ocupaba la timba, Minerva levantó los ojos del papel impreso para clavarlos, seria, en el grupo de hombres que se jugaban los cuartos a las cartas. Pudo ver cómo Setanta guardaba su arma y le dedicaba un gesto de complicidad, que, por supuesto, no respondió más que con una mirada cargada de reproche. Si había algo que Minerva dejaba bien claro era que las peleas podían surgir allí, pero se llevaban a cabo en la calle.
En vista de que no parecía que el problema fuese a ir a mayores, decidió volver a su lectura. Más no llegó a hacerlo, pues la puerta del Saloon se abrió para dejar paso al telegrafista. En Twin Falls se conocían todos de una u otra manera, así que, aunque Jonathan Atwood no fuese cliente habitual, Minerva conocía perfectamente cómo debía dirigirse a él.
-Buenas tardes, Sr Atwood -le sonrió con amabilidad, pensando que tal vez le trajera allí algún asunto de trabajo-. Bienvenido. ¿Qué se le ofrece? ¿Le apetece una copa? -nunca estaba de más intentar hacer algo de negocio, ¿verdad?

Setanta no era un gran bebedor. El gen de los O'Shaughnessy se lo había llevado Seo por completo, sobre todo en lo que a riñas de taberna se refería. Ni siquiera volvió a dirigir su atención hacia la respetable dueña, porque no veía que el asunto fuese a más. Contadas veces se le había visto metido en una pelea, y esas pocas veces habían sido precisamente para hacer entrar en razón a su hermano. No, a Set le gustaba la buena vida y el dinero fácil. Tampoco tenía constitución para ir repartiendo mamporrazos a diestro y siniestro. Sacó la mano ganadora en la partida, pero decidió retirarse de ésta antes de quedarse sin blanca. Algunas veces tenía que perder, o se quedaría sin jugadores a quienes desplumar. Habiendo dejado las cartas en la mesa, aprovechó la inclinación de la silla para dejar colgando la cabeza desde el respaldo, y tener una buena vista inversa de la entrada del telegrafista. Que raro, jamás lo había visto por allí. Regresó a su posición original y suspiró. No le apetecía volver a la serrería.

Jonathan no se acercaba al saloon por cuestiones de trabajo, sino por iniciativa propia, lo que era más raro todavía. Un ligero sudor frío bañaba su nuca y perlaba su frente, que se había vuelto brillante. Asintió con suavidad.
-Sí, por favor, una copita. Suave, que debo volver a la oficina sin demora.
No giró el cuello ni una sola vez para ver quién más se encontraba en el local. Tan pronto como se tomara la copa y hubiera testigos de ello, se marcharía. No le gustaba el saloon.

-Ahora mismo.
Una señal al barman y éste llenó un vaso corto con una ración de licor y la dejó delante del telegrafista. Minerva quiso preguntarle si había novedades sobre la llegada de un nuevo sheriff, pues se estaba demorando demasiado, pero no pudo hacerlo, pues se vio interrumpida por la llegada de Tom, que regresaba de la escuela para dejar los libros y volver a la plaza. Demorándose lo justo para quejarse del beso que exigía su madre.
avatar
Pallas_Atenea
Homo-repartidora de nubes rosas
Homo-repartidora de nubes rosas

Cantidad de envíos : 305
Localización : Islas Enéidicas
Fecha de inscripción : 06/06/2010

Volver arriba Ir abajo

1 de agosto (II).

Mensaje  Pallas_Atenea el Jue Ago 01, 2013 3:45 pm

Sidney salió apresuradamente del grupo de cacareantes féminas que se peleaban por llevar la voz cantante en la actuación de aquella noche y pasó por delante de Setanta, dedicándole una breve y escueta sonrisa.
Éste tomó aquel gesto como indicativo de su marcha, y, colocándose el sombrero sobre su oscura y mal lavada cabeza, se levantó de la silla, girándose solo para tocar el ala del mismo en deferencia a Minerva. Era el peor cliente de la mujer, pero lo que ella perdía por no servirle ni una bebida cada vez que se presentaba en el saloon lo ganaba con los parroquianos que atraían sus partidas. Estaba comprobado: la noche que Setanta venía con la paga de la semana, había buen juego y buena juerga. El resto... Igual. Pero no se palpaba aquella electricidad en el ambiente.
Sid, por su lado, apoyó los codos en la barra, casi frente a la que era su jefa.
-Cómo no pongas orden, vas a tener un grupo de bailarinas calvas, te lo digo desde ya.

Minerva levantó los ojos del papel en que había vuelto a enfrascarse tras la marcha de Tom para mirar a la mestiza con cierta resignación.
-Si no fuese por la cantidad de hombres que atraeis a beber, puedes estar segura de que no estaríais aquí ninguna -quizás ella sí, pero por otros motivos, aunque no iba a "hacer distinciones" delante de todo el mundo. Ya bastante las hacía dando trabajo a alguien como ella. No necesitaba más problemas-. Chicas... -elevó ligeramente la voz, con firmeza, sin moverse de su sitio. No gritó pero sí habló lo suficientemente alto para se le escuchase. Tal vez con el jaleo que montaban las propias chicas, ellas no lo hiciesen, pero por intentarlo, no perdía nada-. Chicas -repitió para asegurarse de que tenía su atención.

Sidney se tragó la sonrisa que pugnaba por asomar en su cara cuando Minerva consiguió finalmente la atención de las otras bailarinas. Las miradas de odio hacia ella eran un estándar al que estaba acostumbrada, pero esta vez tenían una dosis extra de veneno. ¿Qué? No quería más cicatrices que las que ya tenía. Y bastante tenía el cuerpo lleno de mataduras.
-Dice la señora Dalton que me coloque yo en el centro esta noche.
Los gritos fueron verdaderamente insoportables.
-¡¿Cómo puede hacer eso, jefa?! ¡¡Esta cochina mestiza los espantará a todos!!
-¡YO iba a ser la estrella!
-¡No! ¡YO iba a serlo, sucia mentirosa!
Las roncas carcajadas de Sidney cortaron la indignada perorata de las tres beldades.
-Pero que idiotas son, madre mía... -Se quitó la pluma que tenía colocada en el moño con una horquilla metálica y la dejó en la barra-. Usted dirá, jefa.

-Exacto. Íbais a serlo. Y lo mantendríais si fuerais lo suficientemente capaces de organizaros. Pero como no lo sois, os organizo yo -Señaló a dos de ellas-. Vosotras a la derecha. Tú -señaló a otra-, detrás, en el centro. El resto al otro lado. ¿Alguna duda?

-Ninguna, jefa -Volvió al escenario riéndose entre dientes. Le harían el vacío el resto de la tarde como pago por haberlas traicionado, pero merecía la pena poner a aquellas blanquitas en su lugar. Eso, para Sidney, no tenía precio.

Minerva suspiró con resignación, dejando de prestar atención a las chicas para dedicarse a servir copas a determinados clientes habituales con los que tenía una amistad algo más estrecha. El resto de la tarde pasaría tranquila en el Saloon Dalton. Por la noche todo sería diferente.
avatar
Pallas_Atenea
Homo-repartidora de nubes rosas
Homo-repartidora de nubes rosas

Cantidad de envíos : 305
Localización : Islas Enéidicas
Fecha de inscripción : 06/06/2010

Volver arriba Ir abajo

2 de agosto. Madrugada.

Mensaje  Pallas_Atenea el Vie Ago 02, 2013 11:34 am

Diez días, con sus nueve noches. Eso es lo que había tardado el capitán Daniel Fields en llegar al pueblo. Nueve noches durmiendo al raso con su gastada manta como único colchón, entre polvo, alimañas y oscuridad. Ahora, esperaba dormir esta décima noche al menos en un jergón decente. Su cansado caballo ya reposaba en los establos, ahora era su turno. Empujó la puerta del salón con dejadez, mientras con la otra se descubría la cabeza, librándola de aquel sombrero de ala ancha azul. Tan azul como el uniforme, ahora polvoriento, que lucía. El azul del Ejército de la Unión. No pensaba ocultarlo. de hecho, parte de la diversión para él es que se supiera que el ejército, que la ley del brazo militar del Estado, estaba presente. Las botas resonaron sobre el entarimado de madera cuando se acercó a la barra.

La puerta del Saloon se había abierto y cerrado ya tantas veces a esa hora que Minerva no le prestaba demasiada atención a quién entraba y quién salía. Pero en aquella ocasión hubo algo que llamó su atención: un instante de tenso silencio seguido de murmurllos. Enfocó su mirada hacia la puerta y entendió el porqué. Se levantó de las piernas de uno de sus clientes habituales, al que le estropeaba la mano de cartas, entre las risas de sus compañeros de mesa, se alisó la abultada falda del vestido verde botella, y se dirigió hacia la barra para ser ella la que atendiese personalmente al militar, con la mejor de sus sonrisas conciliadoras, como si quisiese dejar claro que allí no pasaba nada y que no había motivos para una visita oficial -relacionada con el local-.
-Buenas noches -se tomó unos instantes para observar sus galones y determinar así el rango que poseía el soldado. Dudaba entre capitán y teniente, así que optó por el superior-, capitán -imprimió un leve tonillo de pregunta a su saludo, no dejando muy claro si le preguntaba el nombre o que confirmase el rango.

La luz del local era suficiente para que las tres estrellas doradas de cinco puntas que lucía en cada hombro se brillasen sin disimulo. Golpeó el sombrero contra su muslo derecho, y se levantó una dispersa nube de polvo. Era el rostro de un hombre cansado, surcado por una barba de casi diez días. Con las prisas, se había olvidado su pequeño espejo en el fuerte, y no había podido afeitarse sin él. No importaba, ya se asearía. Dedicó una sorprendida mirada a la mujer, cuando ésta adivinó su rango. Fue un gesto que le agradó, y miró alrededor, hacia los jugadores, para percatarse de que lo habían oído. Volvió a mirarla a ella, y elevó la voz a sabiendas:
-Capitán Daniel Fields, del ejército de Estados Unidos, para servirla, señora... -se cuadró en un sonoro taconeo, al estilo, a todas vistas, de la academia militar de West Point-. Necesito una habitación.

-Dalton. Minerva Dalton -su sonrisa conciliadora dio paso a una más satisfecha al constatar que venía como cliente y no buscando trapos sucios-. Por supuesto. Le daré la mejor que tenga libre, Capitán.
En realidad eran todas iguales: cuartuchos con una cama estrecha, una mesa y una silla junto a la ventana y un espejo con el que poder asearse. Al menos estaba limpio.
-Serán seis dólares la noche, con derecho a comida. Aunque, para un oficial de nuestro ejército, puedo dejarlo en algo menos.
No podía evitar el leve coqueteo, era parte de su trabajo en el lugar. Parecer siempre a un paso de la disponibilidad.

-Se lo agradezco, señora, aunque con que tenga una cama que sea cómoda, me conformaré. No he venido de vacaciones. El ejército me envía por el asesinato del sheriff -hizo una pausa, deliberada, para que ella, y los allí presentes, asimilaran quien era, y lo que hacía allí. Aprovechó el par de minutos para sacar varios dólares-. Tenga, para unas cuantas noches. Quizás usted sepa algo del asunto... -miró de nuevo al público- o alguno de ustedes. Me interesa saber si pudo ser algún indio. De los blancos ya se encargará la autoridad civil -clavó de nuevo sus ojos azules de perro de presa en los ojos de la mujer-. ¿Y bien? Obviamente, el Ejército pagará cualquier ayuda.

La sonrisa de Minerva desapareció ante la mención del asesinato. La mirada feroz del militar la intimidó. Y no era un mujer que se intimidase con facilidad, sobre todo desde que había enviudado y aprendido a tratar sola en asuntos de hombres.
-Todos estamos consternados con lo ocurrido, Capitán. No hay pista alguna sobre los culpables. Pero no dudo que usted sabrá atar los cabos necesarios para dar con ellos. Lo único que puedo facilitarle es un ejemplar del diario en el que se publicó la noticia. Ahí se recoge el testimonio de algunos testigos, pero no puedo decirle hasta qué punto son fiables -se mostraba claramente dispuesta a colaborar. Mientras hablaba, abrió un cajón bajo la barra y sacó una llave de hierro, atada con una cinta roja que sujetaba un taquito de madera donde se leía un 2-. Ésta es su llave. Cuando guste le enseño donde queda.

-Estoy seguro que cualquiera de los buenos ciudadanos de este pueblo colaborará con el Ejército. Por que el ejército, igual que recompensa a quienes ayudan, también castigan a los que entorpecen su labor -observó la llave, y haciendo un ademán con el brazo, le indicó a la mujer que la seguía hacia la habitación- Puede estar segura de que ataré los cabos. No me iré sin mi indio. Aunque tenga que poner este pueblo bocabajo. Por favor, la sigo. Y sí, facilíteme esa gaceta. Por cierto, ¿ha llegado ya el nuevo Sheriiff?

-No, todavia no tenemos noticias de que hayan enviado a alguien.
Minerva salió de detrás de la barra y siguió, pegada a la pared, hacia las escaleras que subían a dos metros del lugar por el que se accedía a la barra. Era una escalera estrecha, de modo que tendrían que subir uno detrás del otro. Ella iba delante, así que subió la primera, hasta el pequeño descansillo con barandilla que se abría en la planta superior. Vacío, a excepción de las cuatro puertas, numeradas de izquierda a derecha. Se detuvo delante de la segunda.
-Aquí es. Ahora mismo enviaré a una de las chicas con agua y jabón para que pueda asearse si lo desea. Para cuando baje de nuevo tendré ese periódico listo para usted.

-Se lo agradezco -estaba cansado e incómodo por la suciedad que le cubría. Luego continuaria-. Me asearé un poco antes de cenar, si es que todavía son horas para dar un bocado. Algo sencillo, un poco de tocino quizás, con pan.
Entró en la habitación, y cerró la puerta antes de que ella pudiese decir nada, despidiéndose con un seco "gracias".

La mujer se quedó mirando la puerta cerrada un momento, antes de asomarse a la sala, apoyando las manos en la barandilla de madera que remataba la escalera y el lateral abierto del descansillo para llamar a una de sus chicas. Tuvo mucho cuidado de no elegir a Sidney, la mestiza, pues no había pasado desapercibido para ella que al capitán no le agradaban los pieles rojas. La muchacha se detubo debajo de ella, mirando hacia arriba, para recibir instrucciones.
-Sube agua caliente y jabón para el capitán Fields. Y date prisa.
La joven bailarina asintió y se alejó para calentar el agua.
Mientras tanto, Minerva entró por la única puerta sin numerar, que daba a un pasillo que llevaba a la habitación que ocupaba ella y la contigua, donde ya hacía mucho que dormía Tom. Entró a comprobar que el niño dormía, le dio un beso en la frente y cerró la puerta con cuidado, antes de entrar en su propio cuarto a buscar el periódico que le había ofrecido al Capitán.
avatar
Pallas_Atenea
Homo-repartidora de nubes rosas
Homo-repartidora de nubes rosas

Cantidad de envíos : 305
Localización : Islas Enéidicas
Fecha de inscripción : 06/06/2010

Volver arriba Ir abajo

2 de agosto. Tarde. Llegada del Sheriif.

Mensaje  Pallas_Atenea el Sáb Ago 03, 2013 11:59 am

Polvo y calor. En eso había consistido todo el viaje de Maxwell Rogers hasta el maldito pueblo de Twin Falls. Su caballo estaba agotado y él magullado. Dos veces se había perdido para encontrar el remoto lugar, acabando casi dos veces por despeñarse con el barranco más cercano. El sombrero negro y viejo, era lo único que le había dado sombra durante el largo camino. Pero al final, había llegado. Veía las casas de madera, con sus porches, sus típicas sillas balancín, vacías ahora al mediodía; los caballos atados a los porches, aunque no muchos; y al fondo, el gran saloon. Con una muesca, espoleó a Roble hasta llegar a la entrada de este. Se oía el silencio, y de fondo, una armonica entonaba una canción pésima. Descabalgando, amarró las riendas y le dejó bebiendo el agua del abrevadero. Sus botas oscuras resonaron con el sonido metalico de sus espuelas y abrió de par en par las puertas vaivén del recinto. Alguna mosca, hombres apestando alcohol y jugando a póker y la barra con señora. Frunció el ceño, indeciso, sin saber donde iba a dirigirse. Se quedó en el lugar, frotandose las doloridas manos y observando.
Como un relámpago rompiendo la tensa quietud de la escena desde el momento en que el forastero había hecho aparición, la rubia cabeza de Tom Dalton pasó a su lado, dándole un leve golpecito con el hombro en la cadera. El alegre chiquillo iba a jugar a la plazuela de la iglesia, junto al colegio. Su madre, la dueña del saloon, que se encontraba tras la barra, con su vestido azul cobalto y negro, y su larga melena recogida en un complicado moño, le decía:
-Ten cuidado.
Mas se calló al fijarse en el recién llegado. Le escrutó de arriba a abajo. No le conocía, lo que le convertía en un potencial cliente para las tres habitaciones que todavía le quedaban vacías. Apoyó una mano en la barra, golpeteándola con las uñas, la otra en su cintura.
-Hola, forastero -arrastraba las sílabas en un sinuoso susurro. Siempre coqueta.

Maxwell Rogers no daba precisamente, la tipica imagen de un ex capitán del Éjercito. Y menos aún, la del nuevo sheriff del lugar. Vestía una camisa blanca, amplia, con un chaleco negro al igual que sus pantalones, botas y sombrero. Parecería un hombre de fortuna, si el revolver Colt del 45 no colgará de su cartuchera a la derecha de su cadera. En el momento en que la señora le saludó, procedió a retirarse el sombrero y acercarse a ella. Se le veía un tipo alto, erguido. Aparentaba ser más joven de lo que era. Su pelo, principalmente largo por la base del tupé, era castaño claro, al igual que sus ojos. Parecía, un tipo atractivo, el típico chico que buscaba a las chicas y les daba monedas para que estas les dieran las enaguas y a saber que más, pero para mayor sorpresa de Minerva, su educacion era exquisita:
-Buenas tardes, señora. Busco alojamiento.
-Pues ha llegado al lugar indicado, señor... -elevó la entonación al final, dejando la frase en el aire, esperando obtener una presentación como respuesta-. Todavía me quedan habitaciones disponibles. Serán seis dólares la noche, con derecho a comida. Las copas se pagan aparte. ¿Le apetece un trago mientras una de mis chicas la prepara? 
Antes siquiera de que contestase, ya tenía un vaso corto delante y una botella de licor junto a él.
-Ciertamente. La calor hace que la garganta rasque más que el hacha de un indio oxidada -comentó bromista el joven. Dejó el sombrero a su derecha y con total libertad, procedió el mismo a llenarse su vaso. Acto seguido, de un solo movimiento, trago el líquido alocholico, chasqueando con la lengua despúes. Se manoseo la cara recién afeitada y sin pelo alguno y observó la botella-. Buenisimo. Me gustaria comprarle la botella -indica sin percatarse lo más minimo que la dueña del saloon lo observa entre sorprendida e interrogante por saber quién es. No obstante, él sigue sin hacer presentación alguna.
Minerva observó el contenido de la botella. No quedaba demasiado, como mucho para cuatro o cinco vasos más.
-Tres dólares y es toda suya -ofreció con media sonrisa, al constatar que no iba a presentarse.
Bien, se limitaría a llamarle "forastero", como hacía con la mayoría.
Por encima del hombro de su interlocutor, captó la atención de una de las bailarinas, que estaban al fondo, junto al escenario, preparando el número para esa noche, entre risas.
La muchacha se acercó.
-Diga, jefa.
-Sube agua y jabón a la 3 -indicó mientras le daba la llave. Luego se dirigió de nuevo a Rogers-. ¿Se quedará muchos días con nosotros, Forastero?
Max sacó de entre los bolsillos internos, una pequeña bolsa negra de piel. Al abrirla, se escuchaba el sonido del dinero. Despositó ocho, nueve y hasta diez monedas de 1 dólar en la barra. Agarró la botella y dijo:
-Quédese con el cambio, por la molestia.
Inmediatamente despúes, se cruzó de piernas y apoyó su cuerpo en el brazo izquierda teniendo como base la madera, mientras su cuerpo se ladeaba en dirección a la muchacha y al saloon y su mirada se dirigió al recinto, escrutandolo hasta el más minimo detalle con aire despreocupado.
Minerva fue contando las monedas una a una mientras las iba dejando en la barra. Eso cubría la botella y la primera noche. Y sobraba un dolar. ¡Qué generoso! Ironizó para sí, pero no dijo nada. Aunque fuera un dolar, le venía de regalo.
-Muchas gracias, Forastero.
Entendió que su conversación había concluido, ya que él estaba ahora pendiente del resto de presentes en el saloon, que a esas horas no eran demasiados.

Rogers observaba distraídamente una partida de póker de una mesa cercana. Eran tan solo 3, bastante ancianos y llevarian ahí desde despúes de comer. Se percató de que uno de ellos, tenía un rey de tréboles escondido en la manga y lo vió usarlo haciendo trampas y ganando a sus contrincantes. Esbozó una media sonrisa y pregunto a la tabernera mirandola a ella:
-Digame, señora, ¿donde puedo encontrar al alcalde de este pueblucho?
-A estas horas debe estar todavía en el ayuntamiento. Es el edificio ése grande con la bandera en el centro. Si no está ahí, estará en su casa, pero suele pasar por aquí por las noches, a tomar una copa después de la cena. ¿Me disculpa un momento? Voy a llevarles algo de beber a los abuelos -cogió una botella de la estantería y se dirigió a la mesa que observara Rogers-. Caballeros, no se acostumbren a estos agasajos, que ésta ya corre por su cuenta.
-Je. Pues necesito hablar con él bastante urgente -dijo cuando la mujer regresó a la barra-. Digame, ¿es un alcalde de estos simpaticos o tendré que aprender a sentir las espuelas en mi costado?
El hombre tenía un humor bastante ácido. Tenia modales, pero los justos y parecía un desvergonzado. El sonido de los borrachos quejandose le hizo dirigir la mirada hacia ellos de nuevos. El viejo trampoco, volvía con sus trampas y estaba desplomando a los otros dos compañeros. Con una risa en el rostro, comentó a la mujer sin voltearse hacia ella:
-Disculpeme un momento.
Acto seguido, sin obtener respuesta, se dirigió a la mesa y tras una palabras que no llegó a oír la tabernera, procedió a sentarse con los hombres a una partida. Estos, lo miraban con desconfianza pero parecían comerse con los ojos los ropajes. Un nuevo jugado y a quién podían desplomar y sobretodo el tramposo. Maxwell miró a la tabernera y le hizo un ademán para que se acercara a él y la mesa de juego.

Minerva se acercó hasta detenerse junto a Rogers, apoyando un pie el travesaño lateral de la silla que éste ocupaba y la mano en el pico del respaldo. Antes de que empezase la mano, se inclinó un poco más hacia él, para hablarle de cerca y en voz baja, aunque los demás también podían oírlo:
-Sepa, Forastero, que no permito trifulcas en mi local. Si es tan tramposo como estos tres y le descubren, tendrán que resolverlo a tiros fuera de aquí.
Sin perder la sonrisa, se irguió de nuevo, para observan la partida.

Rogers asintió sonriendo. La partida empezaba. El tramposo, como no, apostaba unos dólares. El de su izquierda, no fue y cedió. El turno del siguiente anciano, lo dedico a subir la apuesta y entonces fue cuando le toco al castaño hombre. Sonrío y triplico la apuesta. En claro gesto de sorpresa, el astuto contrincante, vio abierta la posibilidad de obtener gran ganancia y acepto. Sin embargo, su otro contrincante, acabo por rendirse también. Así pues, quedaron solos el joven Max y el viejo tramposo. Encima de la mes, había 5 cartas y ellos 2 dos tenian otras tantas. Las de relevancia en la mesa, eran sin duda un rey, un as y una J. Todas de diferentes palos. Así pues, empezando por el adversario, muestra sus cartas, teniendo un póker de reyes. Sonriendo y adelantandose al muchacho, iba a por su botín cuando este, se lo impidio con la mano y dispuso sus cartas sobre la mesa:
-No caballero, gano yo. Póker de ases -mostró orgulloso el joven.
El anciano, extrañado y atonito, casi le salta la vena por el cuello cuando Maxwell recogio su botín con ambas manos y se dispuso a introducirlas en su bolsa de piel, con la muesca de disgusto del anciano y la mirada atonita de los otros dos. Al terminar, se levantó y comento:
-Gracias por la partida caballero, un placer. Señora, me gustaria irme a descansar -comentó hacia la mujer.
Minerva meneó la cabeza, aguantándose la risa.
-Caballeros, son los mayores tramposos que pisan mi local, pero, por favor, no me priven de su compañía -ni de sus monedas, por supuesto. Se apartó para que Rogers pudiera levantarse-. Claro, Forastero. Venga, le daré la llave, ya tiene su habitación lista -echó a andar hasta la barra, se metió tras ella y sacó una llave de un pequeño cajón, de hierro, atada con un lazo a una madera donde se leía un 3, como la que la noche anterior le había dado al Capitán Fields. -Descanse.

Maxwell observó la estancia y sonrío. No estaba mal. Seguro que la comisaría era mejor y sin pagar un duro, pero necesitaba optar por el silencio por el momento. Ahora descansaria y a la noche ya iria a buscar al alcalde cuando el saloon se llenase o hubiera algún tipo de celebración. Tenía que ser precavído para lo que había venido hacer. Con una chulería digna de un señorito, le dijo a Minerva:
-¿Sabe como? El muy canalla se esconde siempre 2 reyes que los tiene marcados por la esquina de la carta. Y tiene contadas las cartas. Solo con verle la cara sabía lo que iba a hacer. Ahora si me permite, he de descansar. Hasta la noche, señora Dalton.
Y sin una pizca de modales, le cerró la puerta, dejando la intriga como podria haber sabido el apellido de la mujer si no se lo dijo. Pero eso, era parte de su trabajo.

 
avatar
Pallas_Atenea
Homo-repartidora de nubes rosas
Homo-repartidora de nubes rosas

Cantidad de envíos : 305
Localización : Islas Enéidicas
Fecha de inscripción : 06/06/2010

Volver arriba Ir abajo

2 de agosto. Tarde.

Mensaje  Pallas_Atenea el Sáb Ago 03, 2013 1:01 pm

Jonathan Atwood gustaba alargar las horas que pasaba en el interior de la oficina de correos. Cuando no tenía que emplearse con el telégrafo, ordenaba las cartas y hacía con placer cualquier entrega que su compañero le pidiera por el motivo que fuera, tanto si era por pereza como por algún asunto urgente. Jonathan era de esa naturaleza amable que su padre siempre había tachado de débil y poco viril, pero no podía evitarlo. Le salía solo. Aquella tarde la oficina estaba limpia, recogida, tranquila y muy vacía a excepción de él y su compañero. Ir al saloon le dio conversación para la mañana, pero ya se le había agotado el tema de las mujeres que bailoteaban durante los ensayos, los jugadores de cartas y la exultante dueña. Jonathan no tenía ganas de volver a aquel lugar, pero era conveniente que empezara a dejarse ver por el pueblo y tomara parte de las actividades del mismo como lo que era: un hombre. La gente se había acostumbrado a verlo siempre detrás del mostrador con una sonrisa tontorrona y su buena disposición. Los rumores le hacían sentirse mal. Habían implicado a su compañero y éste casi le parte la cara, pero tuvo que asegurarle que iba con prostitutas a otro pueblo para calmarle. No era cierto, desde luego. Ya que no había una sola actividad que pudiera hacer dentro de la oficina, decidió salir, despejarse y hablar con alguien. Deambulaba sin un rumbo en concreto. No se perdería por Twin Falls y sabría qué lugares había de esquivar. El saloon era uno de ellos, pero la plaza era bienvenida. Allí vio un grupo de chiquillos y los observó desde una posición más o menos discreta, en silencio. No se dio cuenta de la cara de nostalgia completamente malinterpretable que se le puso.

El pequeño Tom Dalton era uno de esos pequeños. Jugaba a correr y perseguirse unos a otros con otros chiquillos. Estaban sudados por el calor y el ejercicio, pero no les importaba. En un momento en que no le perseguían y pudo pararse a tomar un poco de aire el niño se percató de que Jonathan Atwood abandonaba su oficina. Su madre le había contado que él era el que recibía y enviaba todas las cartas y telegramas de Twin Falls. Le había pedido a su madre que le llevase a ver el telégrafo, pero con todo lo ocurrido en los últimos días, ella no había podido. El chiquillo vio entonces su oportunidad y, con una sonrisa que pretendía ser inocente, pero que dejaba claro que iba a pedir algo, se acercó al telegrafista. 
-Buenas tardes, señor Atwood.
El "señor" -¿cuándo se había hecho tan mayor?- Atwood salió inmediatamente de sus reflexiones al ver que un jovencísimo interlocutor reclamaba su atención. Los niños no se le daban mal. No hablaba con muchos del pueblo, pero alguna vez había cruzado comentarios con ellos y la mayoría le resultaba agradable. No se ponía nervioso hasta que tenían una cierta edad en la que podían comprender. ¿Qué comentarían sus padres si es que lo hacían? Nada bueno. Esas cosas no importaban.
-Hola, señor Dalton -se preguntó espontáneamente si de mayor heredaría el negocio de su madre, si le interesaba llevar el corazón de Twin Falls y sus arterias principales-. Tenga cuidado, no se descuide mucho que lo pueden pillar -señaló hacia atrás del niño por el resto del grupo, medio en broma.
Tom negó con la cabeza.
-No, no lo harán. Siempre respetamos cuando alguien sale del juego para hablar con otra persona. Nos lo enseñaron en la escuela -explicó, orgulloso de ir a la escuela y saber cosas. Su madre siempre le remarcaba lo importante que era y, aunque era un niño travieso, cumplia con su deber con relativa diligencia-. ¿Iba usted con prisa? -Tal vez la pregunta era algo impertinente, pero más lo sería el pedirle que le enseñara el telégrafo si estaba ocupado, ¿verdad?
-Ah -Jonathan sonrió frente a la explicación del joven-. Una regla muy sensata, sin lugar a dudas.
Y al parecer, todos los chicos la respetan porque ni uno solo hace amago de amenazar la integridad de Tom Dalton o aprovecharse de que está distraido. Jonathan parecía quedarse embobado por momentos con el resto del grupo de Tom, pero no ignoraba a su interlocutor. 
-¿Prisa? No. Ninguna. No estoy de servicio, je -bromeó con la expresión y enseguida se alegró de que ningún adulto cerca pudiera escucharla, aunque de todas maneras miró con nerviosismo a su alrededor y luego volvió a sonreír al chiquillo. A veces le daba un tic en el cuello o en la mano izquierda. Hoy podía controlarlos más o menos-. Salía a dar una vuelta. A diferencia de la plaza, la oficina está vacía. No hay mucho que hacer -confesó, como si aquello pudiera importarle a Tom Dalton.
Los ojillos claros de Tom brillaron de emoción. Si no tenía nada que hacer y no había nadie a quién pudieran molestar en la oficina... Dudó un momento, pero finalmente preguntó:
-Verá, Sr. Atwood... yo... -tomó aire y soltó a toda velocidad-: Mi madre me ha dicho que usted es el que manda los telegramas y yo me preguntaba si podría usted enseñarme cómo se hace. Por favor.
Tom_Dalton se quedó con toda su atención desde el momento en el que pronunció su apellido con tanta precaución. Podía oler las intenciones del chiquillo, pero no le molestaba que ese tono predijera que iba a pedirle un favor: al contrario, se sentía honrado de que el niño, ese niño en concreto, pensara que podía serle de ayuda en algún aspecto.
-Oh... Yo... Sí, soy el telegrafista -Su madre estaba en lo cierto. Pensó en ella cuando la vio ayer en el saloon. ¿Qué más le habría contado al chiquillo? Tal vez nada malo porque permitía que se acercara a él. Jon volvió a sentirse ansioso-. ¿Qué tal si saludamos a la o-oficina de correos de Seven Hill? -Le propuso tratando de calmar los nervios estúpidos que habían aflorado-. ¿Quieres q-que avisemos primero a tu madre? -Ofreció, pensando que si el chiquillo desaparecía de repente con él alguien podía aprovechar oportunidad para soltar algún comentario dañino.
La ilusión creció igual que la sonrisa del niño. Toda su cara, con las mejillas sonrosadas por el juego, brillaba de emoción. 
-¡¡Síí!! Saludemos a otra estación. ¿Podemos? -No sólo le iba a enseñar el aparato, sino que lo iba a ver funcionar. Y quizás hasta tuviese suerte y les contestasen. Ni siquiera prestó atención a la sugerencia de avisar a su madre. Eso no tenía importancia ahora. Además, no se estaba yendo con un extraño, ¿no?
Jonathan no podía evitar ser desgraciadamente paranoico, pero los comentarios que habían escuchado y el desprecio que le suscitaba a su propio padre hacían de él una persona muy torturada interiormente, aunque por fuera estaba hecho de sonrisas y amabilidad.
-Claro. Si hay otro telegraf-fista recibirá el mensaje y s-se alegrará mucho -No era estrictamente cierto y Jon no era amigo de la mentira, pero aquel comentario poco podía perturbar al alegre chiquillo. Casi le contagiaba su abrumador estado de ánimo. ¿Cómo negarle un gesto tan nimio?- Vamos. Pero antes quiero q-que avises a tu madre, ¿d-de acuerdo? -Lo acompañaría hasta el saloon y lo esperaría fuera. No podían llevarle más de diez minutos el desvío.
Tom frunció el ceño con algo de fastidio, porque volver hasta el saloon era una pérdida de tiempo. 
-¿Y si el otro telegrafista se va mientras vamos y volvemos? -Era un niño, no entendía las implicaciones que podía tener su acción en las mentes adultas. No obstante, dirigió sus pasos, de modo apresurado, hacia la calle que les llevaría al local que regentaba su madre.
Jon no pudo evitar reírse ante la impaciencia que mostraba Thomas Dalton, era propia de su edad y no se le ocurría ningún motivo para corregirla. Casi comete el estúpido y malinterpretable error de ponerle una mano en el hombro. No era su padre ni su hermano mayor para hacer algo así. Mientras caminaban hasta el saloon, el telegrafista le hizo algunas preguntas sobre la escuela: si estaba contento con ella, si le gustaba la maestra y demás porque no se le ocurría de qué otra cosa iba a hablar con un niño sin que resultara raro. A medida que se acercaban al local, notaba cómo la ansiedad se desparramaba por todo su cuerpo. Pensó en algunos de los hombres que "vivían" allí dentro y lo que el alcohol les hacía decir-. Te espero fuera.
Tom contestaba las preguntas del sr. Atwood de camino al Saloon. Apenas lo tuvo a la vista, corrió hacia su interior para conseguir el permiso de su madre. Casi al momento, el chiquillo salía de vuelta, con la felicidad reflejada en el rostro. Seguido de su madre, cuya expresión era muchísimo más neutra. 
-Ha dicho que puedo ir, ¿verdad, mamá? 
-Sólo si no es una molestia para el Sr. Atwood. ¿De verdad que no le importa? -preguntó amablemente al telegrafista.
La señora Dalton le imponía casi tanto como los más borrachos de su antro y la amabilidad que le dispensaba chocaba con la idea -claramente equivocada- que se había formado él. Carraspeó porque la voz no le salía.
-N-no, claro que no... Es más, en cuanto el chico se in-interesó por el telégrafo, yo m-mismo le propuse enviarr un mensaje a otra oficina. L-le aseguro que esta tarde, al menos, no es ninguna molestia -Jonathan podía ser muchas cosas y entre ellas estaba la cualidad de sincero. No tenía ninguna capacidad para ocultar la verdad, solo camuflarla un poco si se sentía inspirado-. ¡Quién sabe, señora Dalton, a l-lo mejor tenemos otro telegraf-fista en Twin Falls!
Minerva sonrió con cierta condescendencia a su hijo y luego volvió a mirar al telegrafista.
-Si así fuera, confío es que sea usted quien le enseñe. Si de verdad no le causa trastorno, por mí no hay problema. Pero, por favor, si se convierte en una molestia, envíelo de vuelta. Portate bien, Tom. Y obedece al Sr Atwood en todo. 
El chico asintió enérgicamente:
-Sí, mamá -miró con impaciencia al joven-. ¿Nos vamos?
Se sentía ridículo hablando con los demás a trompicones, pero cuando se ponía nervioso no había manera de pasar por alto la tartamudez.
-Así lo haré, s-señora -Prometió el telegrafista con solemnidad. 
Sonrió a Tom ante su manifiesta impaciencia y empezó a atender a los deseos del pequeño conduciéndolo hasta la oficina. Su compañero seguía allí, muerto del asco, con las piernas sobre el escritorio que utilizaba para clasificar las encomiendas de los clientes, aunque se incorporó de golpe al ver que alguien abría la puerta.
-Ah, eres tú... -Dijo con desgana al ver que era Jon. 
Jonathan le devolvió el saludo.
-Traigo a un joven curioso, el señor Dalton.
avatar
Pallas_Atenea
Homo-repartidora de nubes rosas
Homo-repartidora de nubes rosas

Cantidad de envíos : 305
Localización : Islas Enéidicas
Fecha de inscripción : 06/06/2010

Volver arriba Ir abajo

2 de agosto. Tarde. Oficina de telégrafos.

Mensaje  Pallas_Atenea el Sáb Ago 03, 2013 9:01 pm

-Traigo a un joven curioso, el señor Dalton -Anunció el telegrafista con una sonrisa honesta que no fue correspondida por su compañero. Se llamaba Frederick y era sensiblemente un hombre alto. A veces, si llevaba el saco por la calle, disfrutaba asustando a los chiquillos más pequeños diciéndoles que era el hombre del saco y que los cazaría para mandarlos a la otra punta del país.
- Un joven curioso... -Repitió con un velo de burla no muy disimulado. Se inclinó sobre el mostrador y observó a Thomas Dalton. Conocía a su madre, vaya que si lo hacía. A diferencia de Jon, se dejaba caer a menudo en el saloon probando todos los servicios-. ¿Y qué quieres curiosear por aquí, eh, señor Dalton? Jesús. Si mi madre regentara el... -Jon le lanzó una mirada suplicante para que no tocara esa clase de temas. Tom era un niño, después de todo.
Tom ya estaba más que acostumbrado a aquellas frases a medias sobre su madre, aunque él no las entendía, simplemente las ignoraba. Su madre le había explicado que las usaban los cobardes que no se atrevían a decir las cosas a la cara y que él no debía hacer caso. Puede que en unos años, cuando comprendiese lo que implicaban, no se mostrase tan pacífico. Sonrió. 
-El Sr. Atwood va a enseñarme el telégrafo. ¡Vamos a mandar un saludo a otra estación! Y el telegrafista que esté allí se alegrará y nos contestará. ¿Usted también es capaz de manejar el telégrafo? Debe ser un aparato sencillo, entonces.
Aquel comentario no fue bien recibido por Frederick, que de inmediato observó al pequeño con ojos furiosos e iba a replicarle, porque un mocoso, por muy hijo de Minerva Dalton que fuera, no podía tomarle el pelo de esa manera. Jonathan medió enseguida.
-Claro que es sencillo... cuando aprendes a usarlo, p-pero se necesita práctica y memoria -Se dio unos golpecitos en la frente y empujó delicadamente al chico hacia delante para que se colara por el hueco del mostrador. La mesa del telégrafo estaba adentro-. ¿Sabes lo q-que es el código morse, Tom? -Quería dejar de estar nervioso. Era solo un niño, y aunque a Frederick se le subía, a él no. Tom era amable, no le tenía asco ni le miraba con reticencia como si fuera a contagiarle su "debilidad".
El chiquillo se dejó llevar por Jonathan lejos de su compañero. Podía no entender muy bien las cosas de los adultos, pero vivía rodeado de ellos -y no siempre de los de mejor calaña-, por lo que tenía algunas salidas muy apropiadas. Centró su atención en el Sr. Atwood, que era lo que le interesaba. 
-No. ¿qué es? -indagó, intrigado, paseando sus claros ojos por todo el lugar.
Jonathan se alegraba de encontrar a alguien a quien aún pudiera explicar las maravillas de la comunicación telegráfica, casi se le pegaba su entusiasmo y es que no podía remediarlo: a él también le sorprendía, pese a usarlo todos los días, el mecanismo de su aparato preferido.
-Bueno, antes d-de explicarte eso, debería decirte que hay otros tipos d-de telégrafos -No quería abrumar al niño con tanta información, pero Tom parecía tan ávido, tan desbordado de curiosidad, que saltarse algunos datos resultaba, en su opinión, una crueldad-. Nosotros utilizamos el Morse po-porque es el más popular e-en este momento y lo que queremos es comunicarnos, así qu-que cuantas más estaciones tengan el mismo modelo, mejor -Le enseñó la gorra distintiva de los telegrafistas y dejó que se la probara, ya que eso, suponía, amenizaría el rollo que le iba a soltar. Le habló del momento de su concepción, del funcionamiento, del papel de los impulsos eléctricos y demás detalles. Sin embargo, lo que haría que Tom se interesara de veras por el aparato era verlo en pleno uso, demostrarle cómo los mensajes podían atravesar pueblos y ciudades más rápidos que cualquier caballo legendario o, incluso, que el ferrocarril-. El código morse, entonces, es una pauta que hay que aprender para codificar los mensajes. Es... como un secreto de los telegrafistas. 
Un resoplido no muy lejano puso en duda las últimas palabras de Jonathan. Frederick se estaba burlando de él.
-Voy a salir ya. Cierras tú. Nos vemos luego. Adiós, señor Dalton. Saludos a tu madre -No le gustaba dejar al crío solo con Jon, pero tenía una cita ineludible con unas damas que daban grandes satisfacciones: las cartas.
Tom escuchó todo con atención, sin separar la vista del adulto más que para fijarla en lo que éste le mostraba. Era impresionante cómo podían escribir algo allí y recibirlo en cuestión de un momento en otro lugar. Y contestarles. Y todo gracias al código Morse. Se despidió de Frederick con simple "adiós". 
-¿Entonces, si es secreto, no puede enseñarme cómo es el código Morse? -Desilusión en su mirada. Estaba claro que había esperado ver el proceso de mandar y recibir el mensaje, pero si era secreto...
Jonathan también se despidió escuetamente de Frederick; toda su atención estaba volcada en los brillantes ojos de Tom. Le encantaba ver cómo le escucha, cómo valoraba todas y cada una de las palabras que le ofrecía, aunque fueran la explicación sobre el telégrafo y desde fuera sonara terriblemente aburrido.
-Haremos una excepción, ¿de acuerdo? -Le propuso muy seriamente con el índice estirado-. Te enseñaré el código -Eso era lo máximo que podía darle al chqiuillo esa tarde, ya que manipular el aparato por sí mismo no era adecuado y Jonathan no quería meterse en un aprieto, aunque por esos ojos curiosos... Era gratificante hablar con alguien que no lo menospreciara, casi se había olvidado de esa sensación-. Mira, aquí está.
Sacó de un cajón un papel con las equivalencias para que Tom pudiera echarle un vistazo al sistema de rayas y puntos con el que se transmitían los mensajes. Jonathan, como correspondía a un buen telegrafista, se lo sabía de memoria. Frederick también, pero a veces dudaba.
Tom cogió el papel y lo leyó detenidamente-
-Entonces... ¿Cada simbolito de éstos -señaló los puntos y las rayas- es una letra? ¿Y cómo sabe dónde empieza y dónde acaba uno cuando están juntos? -porque a él le parecía un mundo, si veía varias de esas combinaciones unidas, saber cuál era la correcta. Dos puntos, un punto y una raya, tres rayas, tres puntos. ¡Menudo jaleo!

 


Última edición por Pallas_Atenea el Dom Ago 04, 2013 10:32 am, editado 2 veces
avatar
Pallas_Atenea
Homo-repartidora de nubes rosas
Homo-repartidora de nubes rosas

Cantidad de envíos : 305
Localización : Islas Enéidicas
Fecha de inscripción : 06/06/2010

Volver arriba Ir abajo

3 de agosto. Mañana. Escuela.

Mensaje  Pallas_Atenea el Sáb Ago 03, 2013 9:06 pm

El pequeño Dalton no hablaba de otra cosa. La tarde anterior había sido para él toda una experiencia. Había estado en la oficina de telégrafos y había visto de primera mano cómo se mandaban los telegramas. Y alardeaba de ello ante sus compañeros en el pequeño receso que la Srta Williams les concedía a mitad de la mañana. 
-Y entonces, el Sr. Atwood golpeó un pequeño pulsador que tiene el telégrafo y mandó un mensaje. Es impresionante cómo entiende esa serie de soniditos y los transforma en palabras. ¡¡Mandamos un saludo a otra estación!! Yo dicté el mensaje y él lo escribió -contaba, henchido de orgullo. -La próxima vez que vaya a verle -porque habría próxima vez- a lo mejor me deja darle al pulsador. 
Fantasía infantil.
La señorita Williams tocó la campana situada junto al marco de la puerta de entrada a la escuela, sonido que indicaba a los niños que era hora de regresar a sus lecciones. El día era tan caluroso y sofocante que ni ella misma tenía ganas de seguir con las clases, pero su conciencia de maestra y su espíritu recto y de convicciones firmes, no le permitían saltarse ni un sólo día de trabajo. Aún menos, teniendo en cuenta que todavía se encontraba a prueba, sustituyendo a la recién jubilada señorita Cooper.
-¡Vamos niños! ¡Entrad ya! -No levantó mucho la voz, de hecho, rara vez lo hacía.

Tom obedeció, al igual que sus compañeros, pero sin dejar de comentar con los más cercanos, en voz baja, las maravillas de la oficina de Correos y Telégrafos. Se moría de ganas de ir a curiosear otra vez. Pero su madre le había repetido varias veces que no fuese pesado y no molestase al Sr. Atwood. Sin embargo, también el Sr. Atwood le había prometido a su madre que le mandaría a casa si era una molestia y, de momento, no lo había hecho. Ocupó su lugar en uno de los bancos de la escuela y apoyó la cabeza en la mano, con el codo en la mesa, mirando a la maestra con aire ausente. Le costaría unos minutos más centrarse en la clase. Era un niño trabajador, pero no dejaba de ser un niño.

Liberty se sentó en su mesa, al frente de la pequeña clase. Había estado escuchando la conversación de los niños y había advertido la fascinación de Tom por su reciente descubrimiento en la oficina de telégrafos. Se le ocurrió que quizás podría ser interesante introducir a los chicos en el mundo de las nuevas tecnologías, pese a que estuviesen fuera del temario establecido. Al fin y al cabo, todo lo que fuera aprender nuevos conocimientos, siempre debía ser bien recibido.
-Niños, he estado pensando y quizás, pronto, recibamos un invitado en clase para que nos dé una pequeña charla sobre su trabajo. ¿Alguno de vosotros conoce al señor Atwood? -Obviamente, conocía la respuesta, pero quería ver la reacción de los niños.
Las palabras de la maestra captaron al momento la atención de Tom, al igual que la de gran parte del resto de la clase. Todos conocían al telegrafista, aunque sólo fuese de verlo por la calle o por haber oido a sus padres comentar algo de él. El joven Dalton levantó la mano.
-Yo le conozco, srta Williams. ¿Va a venir a enseñarnos el telégrafo? 
Tenía sentimientos encontrados. Por una parte, la emoción de aprender más sobre el aparato, por otra, la decepción de saber que ya no sería algo especial el haber estado en la oficina de correos.
-Todavía no es seguro, Tom, aún he de hablar con él, pero estoy segura de que accederá encantado -ella misma no había cruzado más que algunos saludos con el señor Atwood, pero le constaba que era un hombre amable y no creía que fuera a tener inconveniente-. Además, quién sabe, quizás, tras la  charla, alguno de vosotros descubra que quiere ser telegrafista de mayor.
El pequeño Tom bajó la mano, con un asentimiento. Él no podía ser telegrafista de mayor, tenia el saloon de sus padres. Sid le habia dicho en alguna ocasión que de mayor sería dueño de todo aquello. Y él le había prometido que seguiría trabajando allí, con él. Suspiró con cierto pesar. 
-¿Y le pedirá que traiga el telégrafo o solo vendrá a contarnos cómo funciona?
Liberty no estaba segura de que eso fuera posible, no sabía si ese aparato podía llevarse de un lado a otro así, sin más, tal vez sería conveniente hacerle una visita al señor Atwood para consultarle esos detalles técnicos.
-Haré todo lo posible, Tom. Bien, abrid vuestros libros, vamos a continuar con la lectura que dejamos pendiente antes del recreo. 
Era consciente de que ahora a los niños les sería más difícil concentrarse, pero así era su profesión, una constante batalla contra las livianas y dispersas mentes infantiles.
Resoplidos y suspiros llenaron el aula. La lectura era, desde luego, mucho menos interesante que la idea de una charla. No protestaron, sabían que no tendría caso. Sólo se escuchaba el sonido del pasar las páginas, mientras buscaban la correcta, esperando que la profesora indicase cuál de ellos debía ponerse en pie y leer.

 
avatar
Pallas_Atenea
Homo-repartidora de nubes rosas
Homo-repartidora de nubes rosas

Cantidad de envíos : 305
Localización : Islas Enéidicas
Fecha de inscripción : 06/06/2010

Volver arriba Ir abajo

3 de Agosto. Tarde.

Mensaje  Absenta90 el Sáb Ago 03, 2013 10:38 pm

Hacía una tarde agradable, no en extremo calurosa, y lo mejor de todo es que era día de baño. Minerva no era una mujer muy estricta con respecto a sus empleados y empleadas, pero ciertamente tenía una serie de reglas que había que cumplir. Quien no las acatase era automáticamente expulsado del local, ya fuese cliente o trabajador. Y la higiene era algo que la preocupaba, sobre todo cuando sus chicas estaban en contacto con hombres que precisamente no se ponían en remojo todos los días. Sidney se había acostumbrado con el pasar de los tiempos, a seguir la misma rutina de baño que los blancos. Al principio le había costado, ya que la roña no favorecía precisamente el color de su piel, pues la oscurecía, pero desde que trabajaba para la Sra. Dalton, agradecía aquella obligación. Poco importaba que las demás bailarinas utilizasen el agua de la tina antes que ella, y que se la dejaran bastante sucia - ¡Fueran a pillar una infección de la mestiza, por Dios! -; Sid vaciaba el cacharro y acarreaba los cubos con gusto.

- Serán cochinas, qué les cuesta hacer lo mismo cada vez.

Con la camisola empapada a esas alturas, disfrutaba de los últimos minutos de frescor del líquido, pues el abrasador sol, en conjunto con el material metálico de la desgastada bañera, terminarían por convertir aquello en una sopa. Estaba recostada, con la cabeza inclinada hacia atrás, sabiéndose sola en aquel pequeño patio trasero. ¿Sola? No del todo.

- Sé que estás ahí, Tom, granuja.

Se dejó ver al saberse descubierto. Chasqueó la lengua con fastidio y avanzó hasta detenerse a unos pasos de la bañera. Lo suficientemente cerca para que la joven mestiza le salpicase, pero lo bastante lejos para que el salpicón, en caso de producirse, no le acarrease una regañina de su madre.

-¿Ya se han ido las otras?

Sid era la única que le trataba siempre igual. Las otras eran excesivamente melosas con él, tratándole como a un bebé cuando su madre estaba delante y como un crio molesto cuando ella no veía. Pero Sidney siempre le trataba igual. Como lo que era, un niño de diez años con el que ya podía hablar de ciertas cosas. ¡¡Si hasta iba a la escuela y sabía leer y escribir!! ¡Y mucho mejor que algunas de ellas!
Sidney no abrió los ojos hasta que supo que estaba cerca de la tina, pero la sonrisa se había hecho aún más grande para aquel entonces. Le encantaba aquel pillo, y disfrutaba muchísimo dándole ideas para que fastidiase a sus compañeras de trabajo.

- Sí, dejarán el cuarto común apestando a perfume barato. -. Arrugó la nariz.- Pero tú y yo nos vamos esta noche a dormir a la serrería... -. Los sábados por la noche eran especialmente desenfrenados y plausiblemente violentos. Sid solía irse temprano y aprovechar que los O'Shaughnessy estarían toda la noche de juerga, gastándose el jornal, para quedarse en la solitud de su barraca.- ... Y mañana te enseñaré aaa... -. Dejó la frase sin acabar. Tom sabía lo que le estaba prometiendo. Llevaba un mes detrás de ella para que le enseñase a hacer su propio arco y flechas.
El chiquillo arrugó también la nariz, en un claro gesto de asco al recordar cómo apestaba el cuarto de las bailarinas. Se llevó las manos al estómago, como si fuese a vomitar. Por suerte para él, no tenia que quedarse a verlo. Iba a irse con Sid a la serrería y ella le contaría historias emocionantes y le enseñaría cosas que jamás sabrían los otros chicos como aquello que insinuaba. ¡¡Por fin!! Había rogado hasta la saciedad para conseguirlo. Hasta le había pedido a su madre que se lo pidiera a la mestiza por él, aunque no sabía si había llegado a hacerlo de verdad. Dio un salto de alegría.

-¡¡Sí!! ¡¡Bien!! -. Sus ojos claros taladraron a la joven. Brillaban de entusiasmo-. ¿Cuándo nos iremos?

Sidney salió de la tina, chorreando y con la tela de la camisola pegada a su morena piel. La presencia de Tom, que había visto una buena cantidad de cuerpos femeninos desnudos en lo poco que llevaba de vida, no iba a impedir que se secase y se vistiese.

- Tengo turno por la tarde y por la noche, sampa. -. Dejó de hablar para colocarse las enaguas y la llamativa falda roja, con flecos y volantes negros, así como la blusa oscura y la faja del mismo color. Se pensó la respuesta mientras se secaba el pelo con una vieja toalla.- Vete a dormir cuando te lo pida tu madre. Yo te despierto cuando me vaya a ir. -. Sonaba a cuento chino de adulto, pero el niño sabía que la mestiza no rompía jamás su palabra. ¿No le había enseñado ya a hacer trampas para todo tipo de animales, acertar con la honda a cualquier objeto a 50 metros de distancia y a imitar al coyote? Aquella noche se lo llevaría. Tendría que hablar con Minerva, no obstante.
Tom no dudó de la palabra de la muchacha. De otra no se fiaría, pero ella nunca le había engañado. Tenía un especial cariño a esa mujer, porque le trataba bien. A él no le importaba que fuese mestiza. No era culpa suya.

- De acuerdo. Mi madre me mandará a dormir seguramente antes de que empecéis a bailar. ¿Merece la pena que me esconda hoy para veros? -. Algunas veces lo había hecho, cuando tenían algún número divertido y no demasiado subido de tono. Su madre lo sabía - pues le había pillado la primera vez -, pero hacía la vista gorda cuando consideraba oportuno.

- No, sampa, hoy es sábado.

Había que competir con el prostíbulo sin llegar a los niveles de obscenidad y abierta lujuria que podía darse en aquel lugar. Y por eso, aquella noche las muchachas tenían que ser sensuales, invitadoras y misteriosas, sin entrar en lo chabacano. Allí no se vendía carne, pero se podía soñar con la posesión de ésta. Había mejor bebida, mujeres más bellas, y juego hasta el amanecer. ¿Qué mas daba que faltasen las meretrices? Aquellas hoy se verían desbordada por la llegada de jornaleros y vaqueros, con la paga de la semana. Por eso el Saloon estaría lleno. Y porque un ciudadano podía ser visto allí sin ser automáticamente censurado por la comunidad. En todo esto pensaba Sidney mientras se cepillaba el lacio y oscuro cabello, que le llegaba más allá de las caderas...

- No sabía que te habíamos empezado a gustar, sampa. Cualquier día apareces con novia. -. Aquel era el modo de conseguir que Tom se pusiese como un tomate - aún no había sobrepasado la edad de odiar a las niñas -, farfullase algo, y corriese hacia el interior de la parte trasera del edificio.
Sidney no se equivocaba respecto a la reacción de Tom. Sus pálidas mejillas se tiñeron de rojo, sus ojos se entrecerraron, mirándola con furia.

- Yo no tengo novia. Ni la quiero. -. Con ese tono con que sentencian todos los chiquillos y que, años más tarde tendrá que asumir que se diluía como polvo en una tormenta. Pero eso sería más adelante. En ese momento, todavía le enfadaba. Con el ceño fruncido, se metió en el Saloon. De ahí, se dirigiría, si nada lo impedía -entiéndase por nada su madre- a la plaza de la iglesia, a ver si había otros niños con los que jugar.
avatar
Absenta90
Caballero
Caballero

Cantidad de envíos : 57
Localización : Islas Coco (Keelings)
Fecha de inscripción : 29/03/2010

Volver arriba Ir abajo

Conversación de la maestra y el telegrafista.

Mensaje  Jonathan_Atwood el Miér Ago 07, 2013 8:31 pm

(La maestra cerró la puerta de la escuela después de que hubiera salido el último niño. Cualquier otro día volvería directamente a su casa para atender sus labores domésticas, pero aquel día debía acudir primero a la oficina de telégrafos para charlar con el señor Atwood sobre la posible visita al colegio para hablar a los niños sobre el telégrafo. Cruzó la plaza y en pocos minutos llegó a su destino, pues ese pueblo era muy pequeño. Antes de abrir la puerta, dio dos toquecitos al cristal de la misma, para después entreabrir y asomar la cabeza por el umbral.) ¿Se puede?

(En la oficina de Correos y Telégrafos de Twin Falls se estaba librando una pequeña batalla verbal entre el cartero y el telegrafista que no parecía tener fin, aunque ambos se estaban dando con diligencia a sus tareas. Los golpecitos en los cristales hizo que ambos hombres callaran de golpe. Frederick miró a la mujer que había al otro lado de la puerta, saltó por el mostrador y se apresuró a abrirla. *Se echó el pelo hacia atrás con la mano en un gesto de coquetería, carraspeó y la invitó a pasar.) Claro que se puede... Usted es la nueva maestra, ¿verdad? Yo soy Frederick Hynes, el cartero y... dueño de esta oficina. (Dijo señalando el interior con toda la mano. Jonathan se quitó la gorra que estaba siendo motivo de burla y se cruzó de brazos, escéptico. Fred siempre usaba esa mentira con las damas que entraban por primera vez en el establecimiento. Era un tanto insoportable. Jonathan sintió curiosidad al ver que se trataba de la maestra, pues la tarde anterior estuvo hablando con Thomas Dalton sobre ella.)

(Liberty se sintió un tanto abrumada por la efusividad del cartero, no obstante, demostró sus buenas maneras tendiendo su mano derecha hacia él, para estrechársela a modo de saludo.) Es un placer, señor Hynes. Sí, soy la nueva maestra, Liberty Williams. (En su voz y sus gestos no hay un atisbo de coquetería, más bien mucha gente la habría tachado de mojigata. Vuelve la mirada hacia el telegrafista, que había permanecido en un segundo plano.) Buenas tardes, el señor Atwood, ¿verdad?

¡Liberty Williams! (Exclamó Frederick con un tono exagerado.) Pero qué nombre tan maravilloso y dulce. (Halagó junto a una sonrisa deslumbrante mientras cerraba su mano en torno a la de la maestra para saludarla. Su expresión pasó de la dicha a la sorpresa cuando vio que la mujer reconocía a Jonathan. Tal vez se habían visto anteriormente por el pueblo, aunque era raro que su compañero no hubiera hecho ningún comentario al respecto. Luego pensó que Jon no era esa clase de hombre. Él, por su parte, asintió.) Verdad. ¿Qué se le ofrece, señorita W-Williams? (La mirada inquisidora de su compañero le ponía nervioso y eso le hacía tartamudear. Las palabras a veces se le resistían.)

(La maestra, tras recuperar su mano, la cual Frederick había estrechado durante más tiempo del que ella habría querido, se vuelve completamente hacia Jon, dejando a Frederick ligeramente de lado.) Quería pedirle un pequeño favor, señor Atwood. Hoy les prometí a los niños de la escuela que vendría a pedirle que diese una charla para ellos sobre el telégrafo y la profesión de telegrafista. He visto que tienen una gran curiosidad por el asunto, especialmente Tom, al que creo ya conoce. (Soltó toda la parrafada del tirón. No le gustaba pedir favores a personas casi desconocidas, y solía ponerse nerviosa en este tipo de situaciones, lo cual hacía que muchas veces hablase más rápido de lo normal.)

6.¿Una charla para ellos? (Preguntó. Parecía que no entendía a qué se refería, pero poco a poco un gesto de pánico fue apoderándose de su rostro. Una charla delante de los niños de la clase de Tom. Podía explicarles cuanto quisieran acerca del telégrafo de uno a uno y tanteándolos, porque alguna vez se encontró en la dolorosa situación de escuchar de boca de uno de esos angelitos las opiniones de sus padres, y aunque no podía culpar a los niños por eso, tampoco podía evitar sentirse miserable. Frederick se le adelantó y miró a la señorita Liberty_Williams.) Yo también sé de telégrafos y me llevo bien con los chavales, en serio. Me adoran.

(Liberty abrió la boca para responder a Jon cuando Frederick intervino. Se quedó callada durante unos momentos, sin saber muy bien cómo responderle de forma cortés.) Sí... Se lo agradezco mucho, señor Hynes, pero quizás sea más conveniente que la charla la dé el señor Atwood, al fin y al cabo, él es el responsable del servicio de Telégrafos. (Seguía sin saber cómo salir airosa de aquello.) Pero no se preocupe, si le parece, en el futuro, usted podría dar otra charla sobre el funcionamiento de Correos.

(Jonathan asintió con la cabeza. Eso era lo que él mismo tendría que haber dicho para defender su posición, pero la elocuencia se le desintegraba entera cuando se ponía nervioso. Frederick resopló, bufó y cedió. Le dio un golpe en el hombro a Jon.) No te vas a creer tu suerte, pero por fin hay una mujer que te prefiere a ti. A ver si sabes qué demonios hacer con ella. (El telegrafista enrojeció. Parecía que alguien había prendido *fuego a sus mejllas. Esperó a que Frederick volviera a meterse detrás del mostrador para ordenar unos paquetes que debía mandar el mismo lunes. Jonathan carraspeó con suavidad.) B-bueno, es una idea interesante, señorita Williams. Resultaría una ch-charla curiosa. (Pero tal vez a los niños les gustaría más recibir una visita del alcalde, del aguacil o incluso de Minerva Dalton. Era profesiones más interesantes que la suya.) ¿Cuándo le parecería bien que me pasara por la escuela? (Tendría que preparar el material y un guión para no resultar muy pesado. Tal vez podía pedirle a Tom que le ayudara.)

(Liberty tuvo la misma reacción que Jon, su rostro se sonrojó hasta límites insospechados, sentía cómo le ardían las mejillas y no sabía ni dónde meterse. Pero el alivio al recibir una respuesta afirmativa del telegrafista la serenó un poco.) Cuando a usted le venga bien, claro, será bien recibido en cualquier momento, no creo que a los niños les importa ver interrumpida una clase de cálculo. (Rió levemente su propia broma, aunque, como siempre, en un tono moderado. En ese momento, pareció recordar algo.) Los chicos me han preguntado si sería posible llevar el telégrafo a la escuela. No les he prometido nada, claro está, aunque sería muy instructivo.

(Él también rió con su broma pensando en las clases de cálculo. Él se divertía en ellas, pero siempre había ido por unos senderos diferentes a los de sus compañeros. El recuerdo lo puso ligeramente nostálgico y sonrió en consecuencia.) Supongo q-que podría transportarlo, pero no estaría operativo y no podrían verlo funcionando. La conexión... (Se dio la vuelta para señalarle a la señorita Liberty_Williams el cable, pero desde donde estaban ellos no podían verlo. El gesto fue poco fructífero. Se enderezó.) ...la tenemos aquí. Sin sembargo, se me ocurre, si usted l-lo encuentra prudente, que tras la charla podría organizar una visita a la oficina para que sus pupilos pue-puedan apreciar el telégrafo en movimiento. Thomas Dalton (pronunció con cautela, no quería que se viera teñido el nombre del niño con su entusiasmo) podría ser mi asistente.

(Su rostro se iluminó, realmente estaba emocionada con todo aquel asunto, sería un buen aporte de aire fresco tanto para los niños como para ella misma.) Me parece una idea fantástica, señor Atwood. Si el señor Hynes no tiene inconveniente, claro. (Miró entonces al responsable del servicio de Correos, en busca de una respuesta afirmativa del que ella creía el dueño de la oficina.)

(Frederick Hynes no supo cómo disimular que estaba escuchando la conversación. No le gustaba poner la oreja como a las mujeres de Twin Falls, pero la situación era tan extraordinaria que requería de su atención.) Eh ... ¿Qué pasa, para qué me necesitan? (Jonathan le lanzó una mirada que podía significar muchas cosas. Frederick encogió un hombro y observó de nuevo a la maestra del pueblo. Liberty_Williams era una mujer joven y bonita. Le gustaba el aire de mojigatería que se traía encima. Esas resultaban ser después unas fieras en la cama. La verdad es que nunca había comprobado ese dicho, pero, ¡demonios! Se lo creía a pies juntillas.) ¿Inconveniente? No, no. Ninguno... Traiga a sus muchachos aquí. Avíseme del día y yo y Jonathan lo tendremos todo listo. (Jon miró hacia el suelo mientras corregía mentalmente a su compañero "Jonathan y yo".)

(La maestra le sonrió cortés, definitivamente ese hombre le producía cierto rechazo, pero por ahora dependía de él para poder llevar a cabo la visita o al menos, eso era lo que ella creía. Ella misma, mentalmente, también corrigió su frase, "Jonathan y yo".) ¿Le parece bien el lunes?

¿Este lunes, dice? (Preguntó Frederick con rostro calculador. Enseguida miró a Jonathan, porque era el que mejor se organizaba de los dos. Eso sí se lo concedía.) Es que... bueno, ¿cómo lo tenemos? (Frederick quería agasajar a la maestra a toda costa, pero Jon no había tales intenciones y no existía la necesidad de forzar la situación.) Los jueves, señorita Williams, son los días más tranquilos en la oficina. (Frederick protestó.) Pero igual *podemos hacerlo el lunes. Y si tenemos trabajo, podrán ver cómo es un día normal en la oficina de Correos y Telégrafos. (Jon pensó que era tan buena idea como mala. Trabajar con los alumnos de la señorita Liberty_Williams por el medio no prometía ser fácil, pero los chicos podrían ver la oficina rebosante de actitivdad y darse cuenta de que no era una profesión aburrida.) ¿Los llevarás contigo a repartir el correo? (Frederick alzó las cejas y depositó la vista otra vez en la mujer, o más que en ella, en sus senos.) Bueno... Sí. Podríamos organizar algo.

Carraspeó, incómoda, estaba deseando terminar con ese trámite lo antes posible. Ella no era una mujer dada a relacionarse con hombres, con casi nadie, en realidad. Era muy extraño verla fuera de casa, excepto para hacer la compra y para acudir a la escuela.) Creo que sería interesante que los niños les vieran en acción. Les prometo que si alguno de ellos les interrumpe, me los llevaré de vuelta a la escuela.

¡Pues no se hable más! Este lunes Jonathan irá a la escuela, soltará su rollo sobre los telégrafos y vendrán a la oficina para que curioseen por aquí y aprendan cómo funciona el correo. (Frederick volvió a ponerse al otro lado del mostrador para hablar con la señorita Williams más de cerca y poder apreciar esas dotes para la enseñanza. Ojalá le enseñara a él. Jonathan no parecía muy convencido, pero se dejó arrastrar por la idea. Esa tarde o mañana a más tardar debía buscar a Tom para preguntarle si quería ayudarle. Ya se estaba poniendo nervioso al verse delante de tantos niños charlando mientras se preguntaba qué les habrán contado los padres de él en sus hogares. Tal vez a causa de una oleada de nervios renovados hizo algo que no se esperaba de él.) Señorita Williams... Ahora que está todo aclarado, ¿qu-querría acompañarme a tomar algo? (Frederick se quedó tan estupefacto que ni siquiera se burló.)

(La cara de la maestra es un poema. Pese a encontrarse en edad casadera, jamás ha estado a solas con un hombre, aparte de su difunto padre, claro está.) Yo... Bueno... (No sabe si es lo correcto, pero piensa que quizás si rechaza a Jon, sea Frederick quien se lance. Y eso sí sería un problema.) Estaré encantada de acompañarle, señor Atwood.

(Jonathan no acertaba a decir nada. No sabía qué le sorprendía más, si su alocada propuesta o la aceptación de ésta por parte de la señorita Williams. La miró a ella, después a su compañero y finalmente a ella otra vez. Forzó una sonrisa e hizo un movimiento con la cabeza.) B-bien, pues... será un placer. ¿Te encargas tú de cerrar, Frederick? (El cartero no tenía más remedio que hacerlo. Rompió su hieratismo con una sonrisa burlona.) Claro, Jon. Adelante, toda tuya. (Dijo alzando las palmas de las manos. Por ahora, se daba por vencido con la maestra de escuela, pero ya volvería a insistir cuando se decepcionara con el telegrafista. Jonathan cogió la chaqueta, aunque no la necesitaba porque hacía un calor sofocante.) Después de usted, s-señorita.

(La maestra se dirigió a la puerta. Con una mano ya en el pomo, volvió la cabeza hacia el cartero.) Un placer, señor Hynes, hasta el lunes. (Con mano temblorosa, giró el pomo de la puerta y salió al sofocante exterior, preguntándose si serían ciertos esos rumores que había escuchado de pasada en la tienda de ultramarinos.)

(Antes de cruzar la puerta, Jon se giró para mirar a su compañero y se encogió de hombros junto a una expresión de incertidumbre. Frederick le hizo un corte de mangas y luego le guiñó el ojo, cosa que Jonathan no sabía cómo interpretar. Dobló la chaqueta sobre su brazo izquierdo y echó un vistazo a su alrededor. Si lo veían con una mujer al lado, y una, además, tan bonita como la señorita Liberty_Williams, era posible que... tal vez...) Bueno, lam-mento si la puse en un aprieto al invitarla a t-tomar algo. Usted es nueva en Twin Falls y... p-pensé que le agradaría... (Sonrió sin terminar la frase. Si tuviera que codificar el mensaje sería un largo "piiii" por lo inútil que se sentía. Necesitaba ver al médico para pedirle algo por sus desmesurados nervios. A veces le producían hasta dolor de estómago.)

21. Se lo agradezco, no conozco a mucha gente de por aquí. (Le devolvió una sonrisa nerviosa, advirtiendo su tartamudeo, aunque obviándolo con cortesía.) Y tampoco muchos lugares... Tengo entenido que la madre de Tom regenta el Saloon, pero... (No dijo más, está claro que una mujer como ella jamás se atrevería a pisar ese lugar, su extrema decencia y pudor se lo impedirían.)

(No era tartamudo de verdad, sólo le costaba sacar las palabras adelante cuando se ponía nervioso y se le fraccionaban, pero la mayor parte del tiempo conseguía controlarse.) Sí, Minerva Dalton... Sólo hay que conocer a T-Tom para darse cuenta de q-que está haciendo un buen trabajo. (Pensó con tristeza que tal vez nunca sería padre. Le gustaba la pureza de los niños, su sinceridad y su espontaneidad. Eran una fuente inagotable de curiosidad. Recordó la visita de Tom, sus ojos intrépidos recorriendo el telégrafo. Siempre podía tener un perro.) Uh, hace mucho c-calor. Deberíamos... ¿qué le gusta beber, s-señorita Williams?

Me apetece mucho una limonada, con este calor... (Pensó en lo que Jon acababa de decir sobre Tom. Era cierto que era uno de los chicos más aplicados en la escuela, y jamás faltaba a clase sin un motivo justificado. Quizás se había precipitado en juzgar a la señora Dalton, pero aún así, le costaba creer que un Saloon fuera el ambiente adecuado para criar a un niño, y más a uno en esa edad tan sugestionable.)

(Una limonada era una bebida apropiadara para una mujer, pero no tanto para un hombre. Sin embargo, a estas alturas estarían más que acostumbrados en el pueblo a que fuera un extraño ejemplo de gustos atípicos para su condición. De todas formas, no era un hombre que cultivara la tierra, jornalero en alguna mina o cualquier otra profesión en la que acabara sudado y con las manos manchadas. No tenía por qué ser un tipo duro.) Vale, que sean dos. (No pensó ni por un segundo llevar a la dama al saloon, aunque allí se concentrara medio Twin Falls y los precios fueran interesantes. Prefirió un sitio más discreto donde pudieran compartir una mesa y algo de charla, tal vez podía hasta invitarla a comer si se daba la oportunidad, pero él no se sentía capaz de meter cosas en un estómago que se había cerrado por culpa de esa estúpida ansiedad.)

(Agradeció el detalle de que no la llevase a lo que para ella era un antro de perdición donde abundaban los jugadores, el alcohol y el vicio en general. Si algo tenía claro era que su madre, de estar todavía viva, no lo habría aprobado en absoluto.) Es un lugar agradable, ya estuve aquí hace unos días, aunque sólo de paso. (Miró a su alrededor, sintiéndose a gusto en ese lugar. No tanto con la compañía de Jon, cuyo nerviosismo se le estaba contagiando por momentos.)

(Jon no podía poner a rayas sus emociones. La vida en Twin Falls, su padre y sus vecinos habían hecho de él un hombre lleno de inseguridades que luchaba por abrirse paso como un conciudadano más, pero su propia paranoia, alimentada por los rumores que a él mismo le llegaban, le impedían llevar una vida completamente normal.) Sí, está bien. (Levantó la mano para saludar al mesero y le pidió dos limonadas. Extrañamente, no escuchó ninguna burla, pero eso mismo le asustó. La ausencia también era una mala señal.) Se me o-ocurre que sus niños también podrían... (No supo de dónde vino la orden, pero sus ojos descendieron por el cuello de la maestra hasta su abultado pecho que se definía con formas claramente femeninas. Apartó la mirada rápidamente.)... hacer algún juego con el código Morse, p-para completar la experiencia. (Las bebidas llegaron enseguida a la mesa.Jon las pagó enseguida.)

(Liberty se sonrojó ligeramente al percatarse de cómo la mirada de Jon se dirigía hacia su pecho. Por suerte la bebida llegó enseguida y pudo dar un buen trago, que le ayudó a refrescarse. Ya no sabía lo que pensar, quizás todos esos rumores que había escuchado eran solo eso, rumores. Tal vez fuera uno de esos hombres que fingen ser cándidos corderos para...) Es una gran idea, señor Atwood, pero tendrá que facilitarme el código, me temo que no se encuentra entre mis conocimientos. Y tendré que buscar también algunos objetos que hagan un sonido parecido al del telégrafo, para completar el juego.

(El señor Atwood no era ningún lobo, pero tampoco un cordero. Era un hombre frustrado que sólo podía encontrar algo de paz en los libros y en el telégrafo. Todo el mundo sabía, allí en Twin Falls, que estaba lejos de resultar un peligro más que para sí mismo, así que la integridad de la señorita Williams no se vería comprometida, al menos no por él.) Oh, bueno, pensé que podían ensayarlo e-el mismo día de la visita. Dejé que Tom copiara el código, seguro q-que hoy ya se lo ha aprendido de memoria y será un asistente magnífico. Si quiere, podría escribírselo en un papel o p-pasar de nuevo por la oficina para que se lleve prestada l-la tabla. Aunque no hace falta que eche horas de más, señorita Williams. No les voy a evaluar. (Volvió a fijarse en el escote y le dio un trago a la limonada, apurado. Tal vez estaba madurando con retraso.)

(Liberty escuchó sonar las campanas de la iglesia y de repente parece recordar algo de suma importancia. Prácticamente saltó de la silla, murmurando.) Dios mío, lo olvidaba... (Miró a Jon, para despedirse, procurando ser amable, aunque sin poder disimular su urgencia.) He de irme, señor Atwood, lo lamento, había olvidado que tengo que... atender un asunto importante. Muchas gracias por la limonada y por su tiempo, le veré el lunes en la escuela.

(Jon se levantó casi al mismo tiempo que la mujer compartiendo su apremio, dispuesto a acompañarla a cualquier punto del pueblo al que tuviera que desplazarse con tanta premura, pero se dio cuenta de que el asunto era netamente personal y que su presencia estorbaría. Tal vez incluso le resultara molesta.) No hay d-de qué, señorita Williams. T-tenga una buena tarde. (Jon observó cómo abandonaba el local y se sintió consternado, pero no siguió el mismo camino que la mujer. Se había gastado el dinero en la limonada y se la acabaría. Alguien comentó en voz alta que casi la tenía en el bote y luego siguieron unas risas. No eran burlonas del todo, sino, más bien, el coro que venía después de cualquier comentario. Jon descubrió que hablar con mujeres no era tan intimidante. Tal vez, la próxima vez, podría abordar la charla desde el lado de la literatura.)

Jonathan_Atwood
Criado
Criado

Cantidad de envíos : 13
Fecha de inscripción : 05/08/2013

Volver arriba Ir abajo

Re: Twin Falls. Agosto de 1868.

Mensaje  Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.