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Naomh Pádraigh - San Patricio

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Naomh Pádraigh - San Patricio

Mensaje  Absenta90 el Mar Mar 18, 2014 6:03 pm

¡Hey, pecadisflogüers!
Como algunos saben, ayer fue San Patricio. Y en ánimo nostálgico, me propuse hacer alguna escena con mis irlandeses favoritos.
No concuerda que la ponga aquí, tan sola y desamparada, pero tampoco pega en ningún otro lugar.
Espero que la disfrutéis y que os de ánimo para que Twin Falls no se convierta en un pueblo donde sólo viven los fantasmas. =)

Un cordial saludo,

Abs.

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La Sirena Varada - Noche del 17 de Marzo, 1869

Mensaje  Absenta90 el Mar Mar 18, 2014 6:40 pm

Pese a que los parroquianos de Twin Falls no necesitaban un pretexto para festejar, había que decir que el número que acudió a beber aquella noche se salió un poco de lo normal para ser el primer día de la semana. Los dos irlandeses habían cambiado para la velada el Saloon por aquella modesta taberna, donde los clientes no encontraban ninguna excusa y distracción para realizar aquello que habían venido a hacer: ponerse borrachos como una cuba.
Grace O’Malley levantó la copa con garbo en dirección al irlandés y brindó con Setanta desde la distancia.
- ¡¡Salud!!
El aludido se distrajo un segundo de la partida y levantó también su vaso de líquido prístino y transparente y apuró su agua de forma muy digna.
- Sláinte!
La irlandesa murmuró entre dientes.
- Marica... El agua es para las ranas. -. Apuró su scotch, marrón color roble.
- El agua es para quien quiere que no lo desplumen en la mesa de apuestas, máistreás. -. Le guiñó un ojo y le echó un vistazo a Seosamh, que dormía el sueño de los beodos y roncaba en una mesa próxima. Su hermano llevaba celebrando el Naomh Pádraig desde el sábado.
Grace serpenteaba entre las mesas de la taberna de su hermano, "La Sirena Varada". Le dio un empujón a uno que dormía, borracho, babeando sobre la mesa.
- ¡Eh, tú! A dormir a los burdeles o debajo un puente, pero en mi mesa no. ¡¡¡Largo!!! - Dejó caer la bandeja metálica que portaba al lado de la superficie donde el hombre descansaba. Estaba enfadada. O no. Quién sabe. Es bien conocido que los irlandeses tenían genio, y encima era San Patricio, por lo que el local estaba de bote en bote.  
El benjamín de los O’Shaughnessy se rió entre dientes al ver la escena. Seosamh se despertó como un gato en un garaje.
- ¿Eh, qué, qué año es? -. Pero claro, al sentir el aroma femenino y ver por el rabillo de ojos las faldas de mujer, se espabiló por completo. Típico en el fornido irlandés.- Yo me duermo dónde sea si es contigo entre los brazos, máistreás. -. Alargó un bazo ancho para rodear la cadera de la desconocida y atraerla hacia sí. En su mesa, el menor de los dos hermanos pedía paciencia con la mano mientras observaba la escena. No descartaba tener que rescatar de las garras de la hermana del dueño al más bruto su camada.
Grace agarró la bandeja metálica con ambas manos y la descargó sobre la cabeza de Seosamh, con toda la fuerza de la que fue capaz. Sonó a hueco y a metálico.
- Tócame el culo otra vez y celebrarás San Patricio en persona con él. ¡¡¡Y tú!!! - Apuntó con el dedo a Setanta.- El agua es gratis, ¡¡pero la silla no!! Así que, o pides algo, o calientas el culo en la calle.- Vaya genio se gastaba la hermana del tabernero.
Setanta puso los ojos en blanco y señaló la botella de whisky barato que coronaba su mesa, y que había pedido para contentar a los tres desgraciados que se apostaban el jornal a las cartas contra él, para no salir de la taberna con los pies por delante mientras iba desplumándoles. Seosamh refunfuñó algo acerca de armas de doble filo y mujeres, y apuró el vaso.
- Seo, ya vale. -. La voz de Setanta sonó como aquel que zanjaba una cuestión.
- No me jodas. Pretendo pillar una cogorza más grande antes de que termine la noche.
- ¿Con qué dinero? -. Set murmuró un taco entre dientes al ver la sonrisa que esbozaba su hermano. El irlandés era un zorro taimado bastante apegado al bendito y bello oro.
- ¡Por Sean O'Saughnessy! Sláinte! -. Gritó, alzando el vaso que se había vuelto a rellenar. El resto de borrachos de la sala corearon su brindis.
Setanta apretó la mandíbula, pero le hizo un gesto a la muchacha para que supiese que lo de aquella mesa corría por su cuenta. Ya le explotase el hígado a su hermano mayor.
Grace asintió y le devolvió el mismo gesto a un enorme grandullón pelirrojo, el dueño de dicho tugurio, el irlandés Lester O'Malley. Ella se quedó de pie viendo la partida. No era una muchacha al uso, de las que friegan, barren y cosen. Se había criado entre cuatro brutos, dos de ellos podría decirse que delincuentes, y su vida no había discurrido entre mercados y escuelas. Llevaba vestido, sí, porque desde que desembarcó en el nuevo continente, escocida de su última aventura con un rufián delincuente de medio pelo, se había propuesto ser una mujer de bien. Pero había cosas que no cambiarían nunca. Observó a los jugadores y lo que en la mesa se terciaba.
Setanta había perdido el interés en la partida. El Pelao se creía muy listo y hacía trampas cada dos por tres, y los otros dos eran un par de patéticos tontos. La ágil mente del irlandés se aburría con facilidad si algo no estaba a la altura de ser desentrañado por su rápido intelecto. Estaba a punto de retirar la silla y apalancarse cuando sintió unas manos en los hombros. El sempiterno palillo que oscilaba en la comisura de su boca detuvo su baile y su cuerpo se tensó. ¿La tabernera? Comprobó con el rabillo del ojo que la tenía a su izquierda. Luego se relajó.
- Anda, mujer, ve a rescatarlo.
Sidney hizo un mohín, le quitó el sombrero al nervudo irlandés y se lo colocó sobre su cabellera negra.
- Es más divertido contemplarlo. Hola, Grace. -. La mestiza le dirigió una sonrisa a la hermana del dueño. Setanta hizo un aspaviento.
- Quita, anda, mo ghrá, que me arrugas la camisa.
Sidney puso los ojos en blanco y se enderezó.
- ¿Mucho trabajo?
Grace observó el espectáculo y ciertamente era penoso.
- Hola, Sidney.- Respondió a la mujer. Había visto tiroteos por partidas épicas, grandes jugadores, grandes apostadores y grandes tramposos. Esas cosas llenaban el aire de ruido y el pueblo de vida. Estuvo embarcada dos años con un contrabandista inglés y varios españoles, y la diversión, generalmente residía en los juegos. Se acercó a uno de lo tipos.
- Si no vas a jugar más, lárgate, con lo que llevas te vas a quedar en bragas. - El hombre se levantó, no demasiado ofendido porque tenía claro que era un perdedor. Ella se sentó en su lugar.- ¿Una ronda? Invita la casa.- Miró a los otros jugadores, escrutando en sus caras si tenían algún reparo de jugar una mano con una mujer. Casi lo deseaba, sería más divertido.
- ¿Ves? Es más divertido observar a Seo y hacerte morder el polvo jugando a las cartas, Set.
El aludido frunció el ceño al ver como Grace se sentaba, pero éste se hizo más profundo cuando el Pelao también abandonó la partida, indignado, y Sidney ocupó su lugar. La mestiza agarró los naipes y comenzó a barajar. El cuarto jugador estaba demasiado beodo para que le importase que dos féminas sustituyeran a sus anteriores compañeros de juego. Finalmente, el irlandés le echó un último vistazo a su hermano mayor y centró la vista en su propia mesa. Escupió el mordido mondadientes y se sacó otro del bolsillo de la oscura camisa, esbozando su típica sonrisa ladeada con aquellos finos labios.
- A ver qué sabéis hacer.
- La o con un canuto, ¿verdad, Phil?
- ¿Eh? -. El susodicho estaba más perdido que una cabra en un pajar.
Grace O’Malley dejó que la mestiza barajase, rompió la baraja y la otra repartió. Enarcó una ceja al ver el gesto de Setanta. No le había hecho gracia ninguna que aquello terminase en una partida con dos mujeres en la mesa. Pero.. ¡Eh! ¡Que le diesen viento! Miró su mano y pidió cambiarla entera, sin perder la vista de los demás. Echó una moneda al centro. Esperó a que los otros jugadores terminasen su turno. Mientras tanto le silbó a su hermano.
- Lester trae... algo.  
El irlandés trajo un par de vasos para las mujeres, con líquido coloreado y... Una jarra de agua para el hombre. Sonrió entre dientes.
Jugar con Setanta era desesperante, y Sidney no dudaba en decirle cuanta paciencia le quedaba. Siendo un excelente juez de carácter, se dedicaba a observar con aquellos fríos ojos gris-pizarra las expresiones del resto de jugadores de la mesa.
- Mira, una cana. ¡Wiiii! Ahí van dos. ¡Que es pa' hoy, cenutrio!
El irlandés puso los ojos en blanco y se echó con parsimonia más agua en el vaso. Al final, cambio una carta y vio la apuesta de la O'Malley. Echó dos monedas más y colocó sus cartas bajo la palma. Tenía la mano grande y los dedos finos, callosos por el trabajo.
- ¡Sid!
- Ahora no, pejiguero.
- ¡SID!
- Así no hay quien se concentre. ¡SEO, COMO ME LEVANTE, LLORAS! -. Como respuesta se escuchó un ronquido. La mestiza cambió dos cartas y soltó tres monedas.- Ahí va el sueldo... -. Murmuró, con pena. Phil cambió todas las cartas y siguió con la apuesta establecida.
Grace observó la mirada de halcón de Setanta. Era un jugador sereno, que no perdía la compostura, que medía al milímetro las jugadas y la psicología de los jugadores. Era un tiburón. Levantó las cartas por las esquinas e hizo un leve gesto con los labios, torciéndolos en un gesto de preocupación. Aún así igualó la apuesta. Miró a Sidney y a Phil. Todo al negro. Susto o muerte. Qué más daba, era un juego.
Para Setanta aquello no era un juego. Bueno, sí, las cartas no presentaban un gran desafío, pues había pocas personas en ese lado del continente que dejasen el destino de las mismas a su diosa Azar. El irlandés lo que amaba era precisamente la tensión a la hora de apostar, de recibir una buena o mala mano y no hacerlo ver. Pero si conociese el ajedrez, seguro que sería para él el juego supremo a la hora de apostar. Intelecto contra intelecto más estrategia. Uuuuh, emociones fuertes.
- Phil, vas demasiado borracho. Te he visto. -. El aludido soltó la carta que se había sacado literalmente de la manga y dijo que se rendía.
- ¿Tienes buena mano? Quiero poder comer esta semana. -. El irlandés, no contestó, pero Sidney levantó el culo de la silla.- ¡Seo!
- ¿Eh, qué, qué año es? -. Seosamh levantó la cabeza de repente al escuchar la voz de la mestiza. Se había vuelto a dormir.
- Vamos, borracho grandote y estúpido. A casa.
- Pero Rosalynn me espera. Dijo que...
- Que cogía tu dinero y se abría de piernas. Ya lo sé. Anda, mastodonte. Vamos. -. Seosamh refunfuñó un poco y echó su peso sobre la mestiza. Solo Dios sabía cómo podía con él, aunque en realidad solo la usaba de apoyo.- Set.
- Sí, no creo que lleguéis muy lejos sin mi.
- Fuera. -. Setanta asintió de modo distraído, triplicó la apuesta y miró a Grace. Era su turno de levantar las cartas.
- ¡MI BONNIE ESTÁ EN ULTRAMAAAAAR....! -. Resonó la voz de Seosamh desde la puerta, entonando los versos de la conocida coplilla irlandesa.
- Shish. Seo, no llevo zapatos, pero se lo quito al Viejo Tanner y te lo meto en la boca. Ya sabes, rico y con condimento. -. El mayor de los O'Shaughnessy se calló.
Se habían quedado solos el irlandés y la irlandesa, los demás se habían retirado. Soltó al aire poco a poco. Podía ir de farol o no , quien sabe, era muy hermético y costaba descifrarlo. A priori ella era muy expresiva y parecía que no estaba muy satisfecha con su mano, pero en el juego era cuestión de convicción. Levantó las cartas y las comisuras de sus labios se fruncieron.
- Repoker. - A menos que tuviera una escalera de color, esa mano la tenía ganada. Pero fuera lo que fuese lo que tuviera el irlandés, había ganado en algo: se la había colado con la interpretación, pareciendo preocupada y dubitativa, a pesar de que tenía muy buena mano.
El más pequeño de los O'Shaughnessy -el verdadero benjamín, pues de los nueve hermanos él era el último- volvió a formar aquella fina sonrisa de zorro taimado, los ojos brillándole por la diversión.
- Me rindo. -. Pero no descubrió sus cartas, ya que había apostado de más precisamente para hacer que Grace mostrase su jugada. Sabía que tenía buena mano, pues había visto el brillo de emoción en sus ojos el minúsculo instante que hubo después de que viese los números. ¿Y por qué entonces había triplicado la apuesta? ¿Por qué? Setanta se levantó tras darle un último trago al agua y escupir el contenido de su boca y el palillo al suelo. Echaba en falta el sombrero a la hora de despedirse de la señorita O'Malley, pero se conformó con inclinar la cabeza y suavizar la sonrisa, haciéndola más propia de él cuando estaba con los suyos, con Sidney y con Seosamh.- Me ha hecho sudar, máistreás. -. Y se giró, dirigiéndose hacia las dobles puertas de la taberna. Fuera, Seo seguía berreando:
- ¡... MI BONNIE ESTA FUERA DEL MAAAAR!
- Seo, te juro que esta noche te cerceno la garganta si no te callas.
- Dame un beso, mo cuishla.
- Una patada en los hue...
- Mo ghrá.  
- Te prometo que lo mato, Set.  
- Ya será para menos. Vamos, un día es un día  -. Regresó aquella típica sonrisa en él, ladeada. Carraspeó y… -  ¡Tar ar gach reibiliúnaithe óga sibh, agus liosta agus mé ag canadh! ¡Chun an grá amháin ar tír an rud uafásach!
Setanta comenzó a cantar la canción de los patriotas. Seosamh se emocionó y cantó a cuello con él. A la mestiza no le quedó más que aguantarles hasta las barracas del aserradero. En la taberna, el Pelao había observado la partida como el que no quiere la cosa, y estaba bastante sorprendido del desenlace de la misma. ¡Setanta, vencido! Miró con respeto a la hermana de Lester O'Malley. Ésta, cuando recogió las cartas que el irlandés había dejado bocabajo en la mesa pudo descubrir la verdad: una bella escalera de corazones que indicaba que, después de todo, Setanta no carecía de uno.
Grace frunció el ceño, porque aquella victoria le dejaba un sabor ácido en la boca. Lo había hecho a propósito, lo de subir la apuesta. En realidad no pretendía perder como un pollo, ni tampoco ganar, porque se había rendido, así que sólo le había mandado un mensaje subliminal "Sé cómo juegas". Ese era el mensaje. Y así el triunfo sabía a derrota. Levantó las cartas y no pudo menos que exclamar:
- ¡¡Jodidos irlandeses...!!  - Y eso que ella era una. Anotó mentalmente que el pequeño de los O'Saughnessy tendría alguna que otra botella a su cuenta en las noches venideras.
- ¡Seo Éirinn na linne a bhí ró-fhada leath saor in aisce! ¡Sé chontae ann faoi tyranny John Bull! -. En un momento de la canción, Seosamh había seguido solo.
Setanta se rió por lo bajo y Sidney negó con la cabeza. No dijo nada más, pues sabía la satisfacción que les daba poder cantar aquello en voz en cuello sin correr el peligro de que los linchara la policía por ser lo que eran.
- Para lo que queréis vuestro trozo de piedra verde, poco queréis volver.  
- No nos queda nada allí. -. Setanta sonó rotundo. A Seosamh se le quebró la voz a mitad del estribillo.
- No hagas llorar a tu hermano, hombre de Dios.
- Mo ghrá, Irlanda es una amante muy ingrata, la más despiadada de todas. Despedaza los corazones de sus esposos y les quita el pan a sus hijos para dárselo a sus vecinos. Luego, cual dama de hielo, observa como pasan hambre y aún queremos morir por ella.
Seosamh paró de cantar.
- Pero por mucho que nos arañe el alma y nos abrase el corazón, siempre añoramos su contacto, sus bellos ojos verdes y la risa de sus cantarinos ríos.
- El contacto que no vas a añorar va a ser mi pie en tu culo si no subes el ritmo.
A pesar de ello, el S na trí había conseguido enfilar el camino que llevaba al aserradero. Los primeros árboles se elevaban, flanqueándoles la vereda cuales silenciosos guardianes. La dulce melodía del silencio se cernió sobre ellos hasta que divisaron la enorme construcción que conformaban los almacenes y la serrería. Y una vez que atravesaron el umbral de la barraca que los O'Shaughnessy compartían, tuvieron que conducir al enorme y fornido irlandés a su diminuto catre. Al fin cayó, ante la atónita mirada de la mestiza, que no comprendía como el objeto no cedía convertido en añicos.
- Mo cuíshla, duerme conmigo.
- ¿Dónde? Si no quepo.  -. Le echó una mirada a Setanta.
- ¿Y qué te hace pensar que yo sí?
- Set.
- Ni Set, ni Sat.  -. El irlandés se quitó la camisa y se echó en su jergón.
- Anda, hazme un hueco. -. Dio un paso en dirección a la cama del más joven.
- ¡SIIIIID!  -. La aludida se tapó los oídos al escuchar el lastimero aullido.
- Que no, que metes calor.
Ahora lo que se escucharon fueron las risas ahogadas del benjamín de los O'Shaughnessy.
- Claro, mo ghrá, que estamos en pleno verano.
Sidney suspiró y al final le concedió su deseo a Seosamh, que ni siquiera se enteró, porque antes de que la mestiza se quitase aquello que más la molestaría a la hora de dormir, ya estaba tocando el do bemol de ronquido. De todas formas, la mujer se acomodó como bien pudo. Menos mal que Seo era una buena almohada.
- Buenas noches, Set.
- Oíche mhaith, mo ghrá.
- ¿Set? -. Sidney esperó, pero Setanta no contestó.- Sé lo que hiciste. Me llevaré el secreto a la tumba. -. La voz de la mestiza sonaba ligera, como si todo aquello le hiciese gracia. Pero conocía al irlandés, y, pese a que para los demás era un demonio con patas, Sid sabía el verdadero color de las manchas que había en el alma de aquel hombre.
Esperó en vano, pues tampoco obtuvo respuesta. En su cama, el irlandés contempló el techo de la barraca con una sonrisa que le duró hasta que al fin le venció el sueño.

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Re: Naomh Pádraigh - San Patricio

Mensaje  Pallas_Atenea el Mar Mar 18, 2014 7:00 pm

Gracias, nena. T__________T

Cómo adoro a estos personajes. Ay, lo que echo de menos TF. A ver si lo retomamos, que entre unas cosas y otras, me veo llegando a agosto para la segunda trama.

El Salón Dalton permanecerá abierto a la espera de clientes. Y Tom seguirá yendo a jugar al telégrafo. XD

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genial

Mensaje  Alethiel el Vie Abr 25, 2014 2:29 pm

sólo llego con un mes de retraso... jajajaja. Pero bueno, mas vale tarde que nunca. No sabía que estaba colgado. A ver si coincidimos más que el rol del western me encanta. Un saludo!!

Grace O'Malley

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Re: Naomh Pádraigh - San Patricio

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